Análisis metodológico del desarrollo de Argentina

El proceso del desarrollo económico de Argentina ha evolucionado en paralelo a su historia política y reformas aplicadas conforme con la evolución de la situación interna y la coyuntura internacional.

Pesos argentinos. Archivo 123RF/asafeliason
Pesos argentinos. Archivo 123RF/asafeliason

Tras muchas décadas de crecimiento debido a las exportaciones agropecuarias y la estabilidad política a finales del siglo XIX y principios del siglo XX , Argentina debía afrontar una nueva etapa de su historia después de la gran crisis de 1929, que sacudió la economía mundial.

La recesión económica que afectó fuertemente a sus tradicionales mercados, particularmente Europa occidental, sucedió a un periodo de prosperidad en la post-guerra mundial de 1919-18. Ante la disminución de los ingresos por exportaciones alimentarios, Argentina optó por la sustitución de las importaciones de productos semiterminados mediante el fortalecimiento del tejido industrial para satisfacer las necesidades del mercado interno, limitar su dependencia de los mercados exteriores y mejorar los ingresos de divisas.

En todas las fases de este proceso, la economía argentina ha sido caracterizada por su dependencia de los mercados exteriores de los países industrializados como principal fuente de ingresos, de inversiones y de capital extranjero para desarrollar sus planes de industrialización. El afán de modernizar las estructuras de producción y la fuerte intervención de las instituciones y poderes políticos en la regulación del mercado y la adopción de políticas de corte liberal demuestran sin embargo la supremacía del Estado.

  1. el enfoque dependentista

Argentina había creado desde principios del siglo XX un cordón umbilical que unía su economía con las de los países desarrollados mediante un permanente flujo de productos primarios a cambio de bienes y servicios. Inglaterra, que era el principal mercado de sus exportaciones agroalimentarias, se convirtió también en la principal referencia del capital internacional en Argentina por acaparase las principales inversiones en las infraestructuras, los medios de comunicación y la industria del frío. Además, la política prestamista de los gobiernos argentinos y la dependencia del capital  británico en las inversiones y del pago de la deuda externa afianzaban esta dependencia.

En los planteamientos de los dirigentes argentinos, sobre todo los de corte militar, mantener una constante relación económica con los países desarrollados o del “centro” tenía un doble interés: una garantía de los ingresos de divisas y una salida para la producción nacional en perspectiva de desarrollar la industrialización del país. Sin embargo, el futuro de las relaciones de los países exportadores de materias primas y productos agropecuarios es supeditado a la actitud que tomen los países importadores o a la coyuntura internacional.

De esta manera, se ha quedado evidente que las relaciones se  rigen según el principio de “división de trabajo internacional” por el hecho de que los países de la periferia y los del centro asumen papeles “distintos y complementarias”. Los primeros se “especializan” en la exportación de materias primas mientras los segundos les suministran productos manufacturados o semiacabados, una idea que se acerca a la teoría desarrollada por Ricardo que sostenía que el comercio internacional se hace a base del “interés mutuo”.

No obstante, este planteamiento ha sido criticado por permitir la creación de hábitos de consumo y limitar la capacidad de innovación en Argentina. La  “teoría de la dependencia”, de inspiración liberal, ha sido desarrollada a partir de los años 1950 a la instigación de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y su principal representante Raúl Prebish (1901-1986), sugería atribuir una importancia a la demanda interna a base del consumo de productos nacionales; potenciar el sector industrial para crear más posibilidades de trabajo y de producción; mejorar las condiciones laborales y salariales de los trabajadores y  potenciar el papel del Estado como regulador del mercado y actor del desarrollo nacional. También apoyaba la entrada de inversiones externas como suporte financiero de los “planes de desarrollo nacionales”.

Esta teoría tenía como objetivo acabar con el modelo “desigual” que regía las relaciones entre los países proveedores de materias primas (o “periferia”) y los desarrollados (o el “centro”). De modo que los países en desarrollo tendrían que aplicar una política proteccionista para limitar la entrada de productos extranjeros y afianzar el desarrollo de su propia industria  para la “sustitución de las importaciones”. La relación desigual en los intercambios comerciales entre la periferia y el centro, era al final un obstáculo que se planteaba para el desarrollo de los países latino americanos, incluso Argentina.

  1. El enfoque modernista

A pesar de haber conseguido un avanzado grado de desarrollo socioeconómico en comparación con muchos países de América Latina y asentado tempranamente las condiciones para un pleno desarrollo económico, Argentina no estaba capaz, en la primera parte del siglo XX, de concebir un modelo de desarrollo propio. Estaba siempre en busca de un modelo modernizador que liberara su economía de la dependencia del capital externo, de la preponderancia del sector primario, de la pugna con los terratenientes y de las exportaciones agroalimentarias que le valieron el  apodo de “granero del mundo”.

A principio del siglo XX, se hizo evidente que la industria asumía un papel segundario en la economía pero el compromiso del Estado era propugnar una “política industrial nacional” . Al final, la actividad industrial fue destinada al mercado interno, competía con las actividades artesanales y padecía un profundo atraso lo que tuvo como consecuencia una “industria deficiente”, un sector primario marginado y una brecha más amplia en términos de tecnología con respecto a las naciones industrializadas en la primera mitad de los años 50.

Se aprecia en el proceso de industrialización de Argentina la ansiedad de modernizar el país en un plazo corto/medio, pero esta voluntad fue adulterada por el surgimiento de una economía nacional semi-cerrada, autárquica y protegida. En estas condiciones, la industria no podía ser competitiva ni acceder a la tecnología de punta para poder exportar su producción en condiciones favorables. Según la teoría de modernización, la industrialización es “un proceso largo” que se basa en la progresión paulatina y no en “un salto revolucionario” porque “tardará generaciones e incluso siglos para que culmine, y su impacto profundo sólo se sentirá a través del tiempo”.

Por ejemplo, Rostow señala en su teoría del desarrollo económico, que el proceso del desarrollo pasa por cinco etapas. En los  planteamientos de los dirigentes militares argentinos de 1930 hasta 1955, la agricultura y el sector agropecuario, principales pilares de la economía nacional y principal fuente de ingresos, quedaron relegados en los programas de modernización de la economía a un segundo plano, sin beneficiar de las inversiones necesarias para potenciar la productividad.

No obstante, el enfoque modernista considera que los sectores tradicionales son también un “factor aditivo para el desarrollo” porque el desarrollo del “capital natural” es imprescindible en todas las fases del progreso económico. Además, la protección de la industria nacional mediante mecanismos autárquicos minimiza la influencia que podrían ejercer los “factores externos y los conflictos” en el desarrollo de los intercambios y la transferencia de tecnología.

Es también conveniente favorecer la busca de modelos de desarrollo que no sean únicamente los de Estados Unidos y del Reino Unido porque países como China, Taiwán, Japón o Correa pudieron conseguir altos grados de desarrollo sin descuidar los sectores tradicionales.

El desarrollo no es sólo un conjunto de factores materiales que impulsan la modernización sino una operación que beneficie al conjunto de la sociedad en términos de calidad de vida, de educación, de reducción de pobreza, de justicia, estabilidad política, seguridad, de aumento de productividad y de inversión o de innovación tecnológica. A lo largo del periodo 1930-55, no todas estas condiciones estaban reunidas en Argentina para propulsar un verdadero desarrollo económico.

  1. El enfoque institucionalista

La intervención del Estado ha marcado fuertemente les etapas que acompañaron la busca de un modelo industrial para Argentina desde 1930. Ha quedado demostrada claramente la implicación de las instituciones públicas en la elaboración de los instrumentos de intervención y la regulación del mercado tanto a nivel económico como financiero. La preocupación de los distintos gobiernos, de obediencia militar, era la dirección de la empresa del desarrollo recurriendo a métodos incompatibles con la doctrina científica, como la política de “redistribución a favor de los asalariados”, el “justicialismo”, así como la aplicación de medidas intervencionistas en el comercio exterior  y el aumento del gasto público.

El enfoque institucionalista insiste en afianzar el orden, la estabilidad  y el crecimiento de la productividad, factores que fueron ausentes en los planteamientos de los militares argentinos.

El marco institucional elaborado por el Estado fue basado en la redistribución de los recursos lo que permitió al final crear empresas que producen bienes con “escaso valor añadido” o productos manufacturados de origen agroalimentario. Además, el Estado no consiguió, como lo hizo Estados Unidos desde finales del siglo XIX, asentar las bases para una expansión económica, el fomento del ahorro y la promoción de las exportaciones  ni fomentar la iniciativa empresarial.

Leemos en la obra “Economía” de Samuelson y Nordhaus : “Entre los más importantes (elementos importantes de una política orientada hacia el mercado), se encuentran el predominio de la propiedad privada, la orientación de la política comercial hacia el exterior, unos bajos aranceles y pocas restricciones comerciales cuantitativos y el fomento de la pequeña empresa y de la competencia. Por otra parte, donde mejor funcionan los mercados es en un entorno en el que los impuestos sean predecibles y la inflación baja”.

Los dos autores sugieren también evitar el monopolio por el Estado del comercio exterior y recomiendan la elaboración de reglas “estrictas” para instaurar una economía de mercado “ordenada” sin caer en el “control público” ni recurrir a la planificación estatal.

En la misma línea, observamos que la adopción de medidas restrictivas e intervencionistas es una consecuencia de la debilidad de las instituciones políticas , como fue el caso en Argentina entre 1930 y 1955. Del mismo modo, cuando el Estado incentiva la iniciativa privada y crea las idóneas condiciones de confianza social, se desarrollarán organizaciones empresariales fuertes, “flexibles” y competitivas dentro de la economía mundial. En definitiva, el desarrollo es un ejercicio en el que entran factores determinantes como el progreso tecnológico, la situación social, el sistema político y el marco institucional. El social-populismo argentino estaba totalmente en contradicción con este enfoque.

  1. El enfoque estructuralista

La subordinación de la economía argentina al mercado exterior ha sido la resultante de una larga tradición de los intercambios comerciales con los países industriales, particularmente los de Europa Occidental, principal socio-inversor en las actividades productivas  y destino de las exportaciones agropecuarias. El Estado, bajo el mandato de Perón, monopolizaba el comercio de los principales productos destinados a la exportación, intentaba potenciar el sector exportador  en busca de incrementar les reservas de devisas y al mismo tiempo importaba productos manufacturados, semi acabaos o primarios para hacer funcionar la industria y satisfacer las necesidades del consumo interno.

Al final, esta política condujo a un desequilibrio en la balanza comercial por provocar una fuerte dependencia de las importaciones  ante una industria “ineficiente”  y la aplicación  de planteamientos keynesianos que aconsejan recurrir al gasto público para reactivar el mercado del empleo en periodos de crisis. Este modelo de desarrollo, basado en la industrialización y las exportaciones, tenía muchos puntos de similitud con el estructuralismo (o desarrollismo) desarrollado por la CEPAL en los años 50 y 60 en América Latina como una crítica de la teoría neoclásica.

La reflexión, que expresa la preocupación por el desarrollo en el Tercer Mundo, propone crear un “modelo primario-exportador” o de crecimiento “hacia fuera” y se basa en la reformulación fundamentalmente del concepto de “centro periferia” en términos de intercambios comerciales. Se ha demostrado que la industria en Argentina, como país periférico, es distinta de la de los países industrializados del “centro” a nivel estructural.

Era una economía con un fuerte componente agrario y especializada en la exportación de productos primarios mientras la satisfacción de una parte de la demanda interna de productos manufacturados se hace mediante la importación. De modo que la balanza comercial resultaba deficitaria por el bajo valor de las exportaciones primarias que no permiten financiar las importaciones de productos manufacturados y semiacabados. En su análisis, CEPAL intentaba explicar que el comercio internacional era “más beneficio para el centro que para la periferia”. Según sus animadores, la industrialización es un factor que contribuye a la creación del empleo, la activación de los demás sectores  y podría llegar a producir productos exportables. Prebish escribía en este contexto que “la industrialización era una exigencia ineludible del desarrollo”.

Siguiendo esta argumentación, la industrialización parecía el camino más corto para el crecimiento económico. Por esta razón, la CEPAL propuso adoptar una serie de medidas que iban en el sentido de aplicar un proceso de industrialización “forzosa”, una intervención estatal para la aplicación de una política económica mediante medidas proteccionistas e intervencionistas en materia de inversión y comercio exterior. La mayoría de estas ideas ha sido introducida en el modelo de industrialización de Perón sin llegar a hacer de Argentina una potencia industrial. Al contrario, el efecto fue “justo lo contrario” porque la política industrial adoptada no podía conducir a un desarrollo a largo plazo  y la balanza  comercial seguía deficitaria.

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Periodista, doctor en sociología y ciencias de la comunicación de la universidad Complutense de Madrid. Corresponsal en España desde 1987, es licenciado en periodismo, investigador en ciencias sociales, opinión pública y cultura política. Publicaciones: “Marruecos-España: Heridas sin cicatrizar”, un estudio sobre la imagen de Marruecos y sus instituciones en la opinión pública española en momentos de crisis; “Sin ellas no se mueve el mundo”, un trabajo de terreno sobre la condición de las empleadas de hogar inmigrantes en España; “La mujer marroquí en la Comunidad autónoma de Madrid: convivencia y participación social”.

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