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El cambio, ese motor (de la historia)

En esa narración del pasado que lo explique tras leer sus documentos (una tumba o un hueso son también documentos, ojo) a la que llamamos HISTORIA, el historiador ha aprendido que cuanto ha tenido lugar se ha producido debido a una serie de causas, no a una sola. El historiador sueco Peter Englund habla en sus libros de la imposibilidad de encontrar La Causa Última de Todas las Cosas: y tacha de desatinos lo que produce esa obsesión por explicarlo todo desde un único factor. Englund representa muy bien lo que quiero decir. Basta leer su extraordinario La batalla que conmocionó Europa. Poltava y el nacimiento del Imperio ruso.

“Existe un núcleo irreductible en la Historia del pasado —afirma con rotundidad la historiadora Margaret MacMillan—: qué ocurrió y en qué orden. La causalidad y la secuencia son cruciales para comprender el pasado.”

Foto alegórica de Chaplin como emblema del cambio en la historia
Foto alegórica de Chaplin como emblema del cambio en la historia

La multicausalidad puede ser no sólo establecida y analizada, sino incluso justificada, explicada, mejor dicho. Quiero decir que el historiador es capaz de analizar por qué unos determinados acontecimientos, o un determinado conjunto de hechos, han ocurrido, pero nunca podrá afirmar que dadas esas mismas causas siempre se darán las mismas consecuencias. Efectivamente, se pueden explicar los acontecimientos de modo causal, multicausal, sin que ello suponga presuponer la existencia de leyes generales. No, los historiadores no podemos predecir el futuro, porque las mismas causas nunca tienen lugar. La historia, el pasado no se repite. Nada es igual, nada permanece, el cambio se encarga de eso. (Aunque ese nada podría matizarse por casi nada es igual, casi nada permanece, pues, como el sociólogo estadounidense Robert Jervis dejó sentado a mediados de los años 1970, “no podemos hallar sentido a nuestro medio circundante sin presuponer que, de algún modo y manera, el futuro tendrá alguna semejanza con el pasado”.) Y el cambio sí es el motor de la historia, es el verdadero objeto de estudio de la Historia. O eso dicen algunos historiadores.

Hablando de cambio, permíteme que te recomiende un libro de 2016 sobre el que escribí en algún sitio esto:

Un pie en el río. Sobre el cambio y los límites de la evolución, del historiador Felipe Fernández-Armesto, es un recorrido fascinante a lo largo de todo cuanto nos hace humanos, donde aprendemos más de nosotros mismos cuanto más nos alejamos, cuanto más conscientes somos de la inmovilidad y de las transformaciones. La biología, la ciencia, la evolución; la cultura, la historia, el cambio. Es este un ensayo necesario que te recomiendo.”

El propio Fernández-Armesto nos dice algo sobre el pasado y sobre nosotros, los seres humanos:

“Nuestra manera de vivir depende de nosotros, no está codificada en nuestros genes o cualquier unidad análoga, ni implícita en la evolución ni determinada por el entorno. Si no nos gusta, podemos volver a imaginarla y luchar por darle otro aspecto.”

“La Historia es cambio”, dijo el historiador español Juan José Carreras. Y añadió:

“Por eso, porque el tiempo no es más que la huella que deja el cambio, se podía concluir con un sentimiento que comparten los historiadores, el del poeta chino que habla de que ‘el tiempo no es tiempo, el tiempo son las huellas, la flor marchita en la campana de cristal, la columna y el arco ahí precipitados’.”

Para historiadores como Marc Baldó Lacomba, lo esencial de la explicación histórica es el “cambio social”, es más, para él, “la historia es cambio: lo constitutivo de la experiencia humana es el cambio social.” Baldó Lacomba recurre nada más y nada menos que al historiador francés Lucien Febvre, uno de los fundadores de la reputadísima escuela de Annales, quien dejó escrito que:

La Historia “es la ciencia del perpetuo cambio de las sociedades humanas, de su perpetuo y necesario reajuste a nuevas condiciones de existencia material, política, moral, religiosa, intelectual. […] Estudiar el cambio sirve para mostrar que la realidad social requiere ser aprehendida para poderse cambiar, al menos conscientemente.”

Quedémonos con una idea: la Historia no sirve para predecir el futuro. “Si acaso —como nos dice el historiador Enrique Moradiellos— la investigación histórica postdice el pasado”. Podemos leerle al también historiador Justo Serna que los seres humanos, “testigos y víctimas que no queremos ser verdugos”, no siempre damos con eso que es verdaderamente decisivo, que cambia el mundo o que provoca un desastre que fuimos incapaces de adivinar. No, “ni la Historia nos redime ni el futuro nos apaciguará”. 

He leído en un libro del escritor español Eduardo Laporte una referencia a mi oficio que viene ahora como anillo al dedo para despedir este epígrafe. Era, es, un texto del escritor británico Julian Barnes. Dice así:

“Alguien dijo una vez que sus momentos predilectos de la historia eran aquellos en que las cosas se estaban derrumbando, porque eso significa que algo nuevo estaba naciendo”.

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Sobre José Luis Ibáñez Salas

Editor de material didáctico para diversos niveles educativos en Santillana Educación, historiador y escritor. Director de la revista digital de divulgación histórica Anatomía de la Historia (anatomiadelahistoria.com). Autor de El franquismo (Sílex ediciones, 2014) y La Transición (Sílex ediciones, 2015), así como de ¿Qué eres España?. Socio fundador de Punto de Vista Editores. Escribe habitualmente tanto relatos (algunos de los cuales han sido ya publicados por ejemplo en el blog literario Narrativa Breve, dirigido por el escritor Francisco Rodríguez Criado) como artículos para distintos medios de comunicación, como la revista colombiana Al Poniente o las españolas Nueva Tribuna, Moon Magazine y Fernando Martínez. Tiene escrita una novela y ha comenzado a escribir otras dos.

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