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El juego del puzle que acaba por ser la Historia: el juez y el historiador

Los historiadores sabemos que nunca llegaremos a completar todas las piezas del puzle que es el pasado, pero lo que hacemos es acopiar el mayor número posible para facilitar a la sociedad civil el conocimiento de la historia que precisa.

El puzle del ebanista

rompecabezasEl historiador colombiano Luis Felipe Valencia Tamayo da en el clavo cuando dice que la Historia es “como un rompecabezas que se está armando continuamente”, un rompecabezas del que “no contamos [ni contaremos jamás, añado yo] con todas las fichas, pero en el que se trabaja incansablemente para obtenerlas”, de tal manera que “el retrato del pasado está lejos de completarse pero disponemos de lugares, bordes, centros, esquinas, en los que los perfiles se han ido delineando con mayor claridad”. Y sí, a cada historiador su vida, su dedicación al oficio, no le da más que para añadir algunas fichas al puzle.

Por su parte, el historiador francés Antoine Prost habla de mueble, pero su visión es similar a la idea del rompecabezas:

“En su banco de trabajo, el historiador es como un ebanista: jamás intentará ensamblar dos pedazos de madera cualesquiera; construye un mueble y por eso elige un tipo de montaje distinto si está acoplando los cajones o si está disponiendo los fondos”.

De lo incompleto de ese puzle, de ese rompecabezas, de ese mueble, da buena fe esa escuela historiográfica que comete el error de querer sustituir la Historia de los vencedores con la Historia de los vencidos. Y me explico.

Si la primera es incompleta, ojo, no falsa, sino incompleta, la otra también lo es: incompletas ambas. Juntas dan muchas piezas para el puzle que es el relato del pasado. Pero ni siquiera añadiendo la una a la otra tenemos una buena aproximación al pasado, pues ambas son subjetivas y lo son adrede. Y no hablo de equidistancia, porque, y lo adelanto aquí, un historiador no juzga, un historiador comprende, analiza, interpreta y explica. Ya lo dijo otro historiador francés, uno de los fundadores de la escuela de Annales, Lucien Febvre:

“El historiador no es un juez. Ni siquiera un juez de instrucción. La Historia no es juzgar; es comprender y hacer comprender.”

El autor del llamado Informe Foronda (Los contextos históricos del terrorismo en el País Vasco y la consideración social de sus víctimas, 1968-2010, elaborado por el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda, de la Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea, a instancias de la Dirección de Promoción de la Cultura del Gobierno Vasco), el historiador español Raúl López Romo, a quien he tomado prestada la cita del gran historiador francés, dice a este respecto (y justificando la ineludible utilidad de dicho Informe) que “la comprensión a la que se refiere Febvre no tiene que ver con la justificación de las conductas de nuestro objeto de estudio, sino con el análisis de las causas y los entornos que explican por qué se actuó de una forma u otra”. Sólo por informes así, por textos históricos así, por cierto, ya sirve para algo la Historia.

Claro que, si lo que queremos, lo que quiero yo ahora, lector, es tratar el asunto del historiador como juez, nada mejor que traer aquí las reflexiones que el historiador italiano Carlo Ginzburg dejó escritas en su libro de comienzos de la década de 1990 titulado, precisamente, El juez y el historiador.

Ginzburg, para quien la Historia es un género literario, pone su lupa de historiador sobre una palabra. Sobre la palabra evidencia. De ella dice que, al igual que las palabras pista o prueba, resulta crucial tanto para el historiador como para el juez. Larga es la trayectoria de la comparación entre el historiador y el juez. Ya en 1769, el erudito jesuita francés Henri Griffet escribía un tratado que analizaba los distintos tipos de pruebas que permiten establecer la verdad de la Historia (titulado así, pero en francés, claro), donde comparaba al historiador con un juez que se dedicara a evaluar pruebas cuidadosamente. Ginzburg no duda en afirmar que “desde finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del siguiente, buena parte de la historiografía se desarrolló en una atmósfera muy similar a la de un tribunal”, en medio del triunfo de lo que veremos más adelante que estaba siendo el positivismo… Hasta que el historiador francés Marc Bloch y los suyos, hasta que Bloch, por fin, antes de la Segunda Guerra Mundial (que le costaría su heroica vida), ante el dilema “juzgar o comprender”, escogiera, sin dudarlo, lo segundo. De Bloch, ejecutado por los nazis en la Francia ocupada en el año 1944, nos cuenta otro historiador, el español Jordi Canal, que fue “testigo, ciudadano, combatiente, intelectual e historiador”. Para Canal, “ser historiador es un oficio, con sus características propias, sus reglas, sus obligaciones y sus compromisos. Se trata de un compromiso con la Historia que no debe confundirse, como se hizo con frecuencia nefasta en el siglo XX, con los supuestos compromisos del historiador con ideologías, sistemas o utopías”. Ese compromiso con su oficio no puede en modo alguno “subordinarse al libre compromiso del ciudadano”. Son dos cosas distintas: “el único compromiso del historiador en cuanto que historiador es con la Historia”. Y Bloch es un magnífico ejemplo vital de ello.

Estoy con Ginzburg cuando nos avisa de que es peligroso seguir esa tendencia que lleva a simplificar la relación entre evidencia y realidad. Para seguir con este razonamiento conviene que refresquemos cuanto llevamos dicho de las fuentes, de los documentos de los historiadores, hecho lo cual podemos seguir.

Sigo. Para Ginzburg el historiador se enfrenta a diversas posibilidades cuando hablamos de las pruebas que usa en su oficio, de las fuentes o documentos, en definitiva. Por un lado, un documento puede ser falso, puede de otro lado ser auténtico pero poco fiable (si la información que aporta contiene mentiras o errores), o puede por fin ser auténtico y confiable. Si un documento de los que se sirven los historiadores no es auténtico y confiable no es en sí una evidencia, pero aun siendo una evidencia, lo es de otra cosa, es una evidencia que actúa como si de una ventana abierta se tratase, como si fuera un medio transparente “que nos ofrece un acceso directo a la realidad”. Un acceso directo, atención, nos ofrece un acceso directo. No es la realidad. La evidencia de una fuente, de un documento histórico, no es la realidad. 

“Los historiadores jamás se acercan directamente a la realidad. Su trabajo se realiza forzosamente por inferencia”.

Ginzburg profundiza en ese aparentemente decepcionante aserto. Para él, sin un “marco de interpretación específico” relacionado con “el código específico de acuerdo con el cual se ha reconstruido la evidencia”, toda evidencia es inútil para comprender la realidad, en este caso, para comprender el pasado.

Y concluye que…

“las tareas del historiador y el juez implican la habilidad de demostrar, de acuerdo con reglas específicas, que x hizo y, en donde x puede designar al actor principal, aunque innominado, de un acontecimiento o de un acto legal, e y designa cualquier tipo de acción. Pero en ocasiones, los casos que un juez descartaría por ser jurídicamente inexistentes, se vuelven provechosos a los ojos de un historiador.”

En el nombre del padre fotograma
En el nombre del padre, fotograma

La judicialización de la Historia

Sí, los objetivos de historiadores y jueces han sido muy divergentes a lo largo de la existencia de ambos oficios. Una perspectiva judicial que contemple esclarecer la actuación de un individuo en un acto sometido a la decisión de un juez nunca considerará el contexto, el cual, concebido como un espacio de posibilidades históricas, sí “ofrece al historiador la posibilidad de completar la evidencia, que a menudo sólo son fragmentos dispersos”, sobre la actuación de ese individuo.

Ginzburg aporta una cita de su admirado Arnaldo Momigliano (historiador italiano como él, y fallecido en 1987) a la hora de zanjar su demostración de la gruesa línea que separa los oficios de historiador y juez. Es esta:

“El historiador trabaja sobre la evidencia. La retórica no es su trabajo. El historiador tiene que asumir criterios ordinarios del sentido común para juzgar su propia evidencia. No debe permitirse a sí mismo persuadirse de que sus criterios sobre la verdad son relativos y que lo que hoy es verdad para él, dejará de ser verdad para él mañana.”

En definitiva, todo está en relación con un asunto peliagudo, más peliagudo donde los traumas del pasado aún fluyen en el presente, como es el caso de mi propio país de países, donde existe una creciente judicialización de la Historia (ojo, de la Historia, de la disciplina, aunque también de la historia, de los hechos que estudiamos los historiadores), que no es otro fenómeno que aquel por medio del cual se corre el peligro de confundir, y sigo aquí a la historiadora española Cristina Gómez Cuesta, “la verdad del historiador, siempre provisional y sometida a revisión, con la verdad judicial que aspira a ser normativa, definitiva y obligatoria”. 

Y para cerrar la metáfora de la Historia como un puzle, he llamado a Marc Bloch, para que nos cuente aquello de…

“que cada uno exprese con franqueza aquello que tenga que decir; la verdad nacerá de esas sinceridades convergentes”.

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Sobre José Luis Ibáñez Salas

Editor de material didáctico para diversos niveles educativos en Santillana Educación, historiador y escritor. Director de la revista digital de divulgación histórica Anatomía de la Historia (anatomiadelahistoria.com). Autor de El franquismo (Sílex ediciones, 2014) y La Transición (Sílex ediciones, 2015), así como de ¿Qué eres España?. Socio fundador de Punto de Vista Editores. Escribe habitualmente tanto relatos (algunos de los cuales han sido ya publicados por ejemplo en el blog literario Narrativa Breve, dirigido por el escritor Francisco Rodríguez Criado) como artículos para distintos medios de comunicación, como la revista colombiana Al Poniente o las españolas Nueva Tribuna, Moon Magazine y Fernando Martínez. Tiene escrita una novela y ha comenzado a escribir otras dos.

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