En la dacha y la embajada

Memorias de una corresponsal en Rusia

Teresa Gurza[1]                                                                         

Era común que las familias que habitaban pequeños departamentos en Moscú tuvieran dachas (casas de campo) donde pasaban vacaciones de verano, cultivando verduras y ahumando carnes y pescados.

Y Liena empleada del departamento del Ministerio de Asuntos Exteriores que atendía a los corresponsales, me invitó a pasar un fin de semana en la de sus padres, que por estar jubilados vivían ahí permanentemente y querían conocerme.

Haciéndome la inocente, le pregunté si no era violatorio de las normas viajar más allá de los 36 kilómetros permitidos.

Y pese a ser funcionaria de la oficina que lo prohibía, contestó que no habría problema porque iríamos en un tren que usaba con frecuencia y nadie nos molestaría y así fue.

Al bajarnos, caminamos largo rato pisando la nieve que caía en grandes copos y crujía bajo nuestros pies; muy lindo.

Como arreció el frío, me quité los guantes para bajar las orejeras de la chapka (gorro) y al ratito dejé de sentir el dedo chiquito de la mano izquierda.

Liena se agachó rapidísimo por un puñado de nieve y se abalanzó para frotarlo.

Y cuando un espantoso dolor me avisó que lo sentía de nuevo, me explicó que sin frotarlo se hubiera caído; porque lo congelado, fueran dedos, orejas o narices, se rompía como cristal y si era la cabeza, daba meningitis.

Rusia, Moscú, sede de la embajada de México

Otro frío día debía ir a la embajada mexicana porque me había convidado a comer, el embajador Horacio Flores de la Peña; magnífica persona y de conversación muy interesante, porque había sido director de la Facultad de Economía de la UNAM y del CIDE, secretario de Patrimonio Nacional y embajador en Francia.

En verano me gustaba caminar hasta la estación del metro Sokol, la más cercana a la calle Walter Ulbricht donde vivía y cuyo nombre recordaba al obrero ebanista presidente de la República Democrática Alemana de 1960 a 1971.

Pero en invierno me daba tristeza ver viejitas, que seguramente habían estado en la Segunda Guerra Mundial y se habían sacrificado por la URSS, que para subsistir debían palear nieve, barrer escaleras o vender ramitos de estragón y perejil, sin ropa adecuada para estar a temperaturas bajo cero; así que tome un taxi.

Me tocó un chofer ucraniano muy platicador, que se rio cuando le pedí llevarme a la mexicanscaya dom (casa mexicana) porque no recordé, como se decía embajada.

Se dice fasolvo, dijo insistiendo que repitiera, fa sol vo, fa sol vo y comentó que los mexicanos éramos muy alegres y la víspera, había llevado dos al aeropuerto.

Y lo que es la vida, en los viajes que hice sin permiso lejísimos de Moscú, no me pasó nada y a las puertas de mi embajada estuve a punto de ser apresada.

Estaba bajándome del taxi y pagando lo del recorrido, cuando de una caseta salió un hombre que en segundos y con jalones tan fuertes que casi arrancan una manga a mi abrigo de piel, intentó meterme a un coche jaula de policía aparecido como de la nada.

Gracias a Dios, no me ataranté; le di patadas, grité en español pidiendo auxilio y fasolvo y el taxista tocó el claxon, antes de arrancar a toda velocidad.

Inmediatamente salieron sin gorros ni abrigos por las prisas, Antonio Dueñas Pulido y Manuel Portilla Quevedo, canciller y consejero de la embajada.

Y mientras Toño me llevaba abrazada al interior porque estaba asustadísima, Manolo explicaba a la policía que era mexicana y no soviética, queriéndose asilar.

Sin su rapidez, que aun agradezco porque arriesgaron su salud, quien sabe qué me hubiera pasado.

El embajador se mostró muy indignado, dijo que reclamaría y mandó coser la manga del abrigo.

Y para contrarrestar con lo ocurrido, le conté que había hecho algunos viajes perfectos sin autorización oficial.

Se sorprendió por las restricciones y me explicó que en la diplomacia, normas y protocolos deben ser correspondidos y como México no ponía límites a los periodistas soviéticos, haría una nota exigiendo lo mismo para los mexicanos.

Añadió que dudaba tuviera efecto, porque los funcionarios rusos eran muy racistas y trataban a los diplomáticos latinoamericanos «como infelizaje».

Y me recomendó muchísimo, informar mis movimientos a la embajada y no viajar sin permiso.

Meses después, ya en México, supe por una nota del 14 de diciembre de 1985 en El País, que Manuel había sido brutalmente golpeado y asesinado de un tiro en la cabeza, por dos de los cuatro hijos que tenía con su exesposa, Valentina Sumin; hija de un importante militar soviético.

El crimen había ocurrido la noche del 30 de octubre y para evitar que testificara, fue también asesinada María del Carmen Cruz Hernández, originaria de Oaxaca y sirvienta de la familia.

Flores de la Peña declaró que Jorge Sumin de veintidós años y José Portilla Sumin de quince, habían sido detenidos y confesado y por ser menor de edad, José tendría defensor de oficio.

Cables de UPI y otras agencias, precisaban que Jorge hijastro y José hijo, habían sido liberados inmediatamente y por gestiones de México, detenidos nuevamente el 28 de noviembre.

Y que en la URSS el asesinato tenía pena de muerte.

Que Manuel se había divorciado de Valentina tres meses antes, porque usaba su pasaporte mexicano y contactos oficiales, para traficar con objetos que era prohibido sacar del país.

Y acusada de complicidad, contrabando de artículos de lujo y venta de obras de arte, podría enfrentar quince años de cárcel.

Para este artículo, busqué en Internet información más actual y encontré:

  • Un largo resumen sobre Valentina, quien afirma se nacionalizó estadounidense, vive en Tucson Arizona, es doctora en temas mineros, consultora de empresas mexicanas como Altos Hornos, Alpha y Anaconda y conferencista hasta 2004.
  • Un oficio del 5 de noviembre de 2009, en el que Manuel Portilla Sumin, José Portilla Sumin y Jorge Quevedo Kuznetsov solicitan al gobierno de Venezuela «Reconocimiento de Nuestra Condición de Venezolanos».
  • Un extenso artículo sobre Jorge Portilla-Sumin, en el portal Military Review del 28 de octubre de 2010, que lo llama «autoridad entre los ladrones» y entre otras cosas horribles asegura, que controló muchos años la fábrica de municiones Klimovsk donde inventó una pistola especial para reprimir disturbios.
  • Que de joven fue miembro del equipo mexicano de ciclismo «y culpado del asesinato de su padrastro y sirvienta, pero no los mató; solo terminó con ellos con un tubo y dándoles un tiro, porque los asesinatos los cometió su hermano José».
  • Que fue condenado a catorce años en una cárcel de Georgia, amnistiado en 1992 y enviado como asesor gubernamental a EEUU, donde compró armas para una organización georgiana en guerra contra Rusia; y al regresar «protegió el flujo de armas, el negocio del petróleo y el contrabando de divisas» y en esas sigue.
  • Y resoluciones de este 2022, del juicio que en un juzgado mexicano de lo familiar llevan hijos de Manuel, reclamando su herencia; porque murió intestado.
  1. Teresa Gurza es una periodista mexicana multipremiada que distribuye actualmente sus artículos de forma independiente

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