Estreno en Francia: La Academia de las musas

Desde su ópera prima  “Los motivos de Berta” 1984, presentada en el festival de San Sebastián, hace ya 32 años, José Luis Guerín se ha afirmado  como un cineasta  genuino y original, fiel a sus principios éticos y estéticos en el tratamiento de la imagen cinematográfica.

Con “La academia de las musas” 2016, presentada y galardonada en la ultima edición del festival de  Locarno, persiste y firma una vez más con una brillante obra cinematográfica que da quebraderos de cabeza a los críticos que intentan clasificarlo.

La Academia de las musas, cartel

En la presentación de su película en Paris en el centro cultural  Beaubourg, abril de 2016, no escapó tampoco esta vez Guerín a una  pregunta recurrente  en el extranjero: “¿Como se sitúa usted en el marco del cine español?”. La respuesta fue obvia: No se  sitúa, es un elemento aparte, es un cineasta universal, que como buen artista no se siente ni catalán, ni español, ni europeo, sino simplemente habitado por el cine y cuya principal obsesión es seguir ejerciendo su oficio con absoluta libertad. Esa misma ansia de libertad y esa atracción por las musas que encontramos en el personaje de ese carismático  profesor italiano de su última película.

Desde la primera conversación que tuve con Guerin hace muchos años, hasta las más recientes, siempre se ha mostrado fiel a sus firmes convicciones artísticas. Su modo de expresión es la escritura cinematográfica, la imagen, el sonido y la palabra, pero  subrayando con perseverancia que una cosa es el cine, a saber la industria del cine, y otra el cinematógrafo, es decir esa aspiración artística de aquellos  cineastas que buscan comprender y comunicarse con el mundo a través de sus obras, más allá del puro divertimento.

Guerín un artista universal más que un cineasta autor

Vivimos una época en que el término de cineasta autor es empleado a menudo de forma abusiva por críticos y comentaristas, para definir a quienes muestran una  cierta constancia en sus obsesiones temáticas o estéticas, observando los temas recurrentes en sus filmografías, yo mismo lo he utilizado a menudo en esta acepción. Sin embargo pensando en la filmografía escasa, necesaria y brillante de José Luis Guerín se me antoja que el termino cineasta autor se le ha quedado pequeño, Guerín es un artista del cinematógrafo,  que busca sorprenderse a si mismo en cada una  de sus películas: “Me gusta –dice- esa revelación de la imagen en la pantalla, me gusta ser el primer espectador de mi película, e irla fabricando en un ir y venir entre el rodaje y la mesa de montaje”.

Autodidacta y cinéfilo empedernido, cuenta Guerín que su pasión por el cine le llevó a comprender que debía estar  del  otro lado de la pantalla, fabricando ese objeto mágico y misterioso que es una película. Prefiere pues trabajar Guerín sobre la idea de un guion abierto, que evoluciona en el curso del rodaje, en función de los encuentros y situaciones.

Siguiendo los pasos de sus ídolos declarados, Robert Flaherty y Robert Bresson, su obra cinematográfica empezó con una magnifica ficción repleta de fantasía (“Fantasía de pubertad”), con una de sus primeras musas, Silvia Gracia, quien no era actriz profesional, sino modelo en el sentido bresoniano de la palabra. A renglón seguido Guerín evolucionó rápidamente en esa frontera difícil de definir que va de la ficción al documental, siguiendo los pasos de Rosellini, e inspirándose a cada paso en los grandes clásicos del cine que alimentan sus ganas de hacer cine y de encontrar nuevas ideas.

Cada una de sus películas las aborda como una experiencia  totalmente nueva y diferente, a contracorriente de esos productores que hubiesen querido que repitiese el estilo de sus mejores éxitos. Alimentándose con los grandes clásicos del cine, Guerin los asimila y crea su propio estilo plano a plano.

Con “Ineesfree” siguió los pasos de John Ford en Irlanda, y encontró una musa pelirroja en aquellos parajes que intentaba resucitar la belleza irreal de Mauren O’hara, pero como diría  Víctor Erice, con un cuerpo de carne y hueso, en un original documental trabajado siempre a la manera de Flaherty,  con ese postulado que consiste en remplazar la puesta en escena por la puesta en situación.

La más brillante de sus películas, presentada en la Quincena de realizadores de Cannes en 1997, fue en mi opinión “Tren de sombras” o “el espectro de Le Thuit”, una de las menos conocidas por el público, producida por otro artista francotirador del cine español Pere Portabella, con la excusa o pretexto del centenario del cinematógrafo.

Una ficción sin personajes que era un verdadero homenaje a la historia del cine, desde los Lumière a Griffith, Renoir, Welles, Rosellini y un largo etc, en esa simulación de una película de época, con un sin fin de guiños a los clásicos y de imágenes cargadas de ensoñaciones y misterio, para mejor probar la capacidad de manipulación de la imagen  cinematográfica. Las musas de Guerin se paseaban también ahí en bicicleta en la mansión de un abogado parisino en los años treinta, con un magnifico trabajo sobre la luz y el sonido en el cinematógrafo.

Llego después “En construcción”, su película de mayor éxito, doblemente premiada en San Sebastián y en los Goya, y una vez más Guerín llegó donde nadie lo esperaba explorando  ese género documental que siempre de una manera u otra está presente en su cine, pero esta vez con una experiencia y un modo de filmación muy singular.

Plantando su cámara ante las obras de demolición del Raval, en el barrio chino de Barcelona, Guerín captaba con absoluta autenticidad el proceso de destrucción y reconstrucción de un simbólico barrio  de la ciudad condal. Pero ese marco urbano es utilizado por el cineasta para ir descubriendo la profunda humanidad sus personajes, los habitantes del lugar, sus gestos, sus miradas y sus diálogos.

La “Academia de las musas”, escena

Las musas de Guerín, tendiendo a Bresson

Con “La ciudad de Silvia”, Guerin hace película esa obsesión que había plasmado en una instalación fotográfica en la Mostra de Venecia en torno a la idea de Marcel Proust sobre las mujeres que no conocemos. Esas mujeres desconocidas que alimentan  las fantasías masculinas, esas musas que vimos un día pasar por una calle, o sentadas en la mesa de un café, y que nunca mas  volveremos a encontrar.

En esa ocasión la inaccesible musa era la joven Pilar López de Ayala, encarnando el espejismo de esas mujeres desaparecidas en la ciudad de Estrasburgo y su poeta soñador el actor francés Xavier Lafitte, una especie de trovador medieval. Las fantasías de ese joven que dibuja a las mujeres que encuentra y no conoce, nos conduce en un hábil guion a deambular sin diálogos, a través de la ciudad en esa búsqueda literaria, poética  y cinematográfica.

“…Ver un rostro deseable que no conocíamos nos abre nuevas vidas que deseamos vivir… un nuevo rostro que ha pasado es  como el encanto de un nuevo lugar que nos ha revelado la lectura de un libro”…  escribía Proust en esas páginas que inspiraron  a Guerín  esa nueva experiencia de cine.

Lejos del documental televisivo, el trabajo documental de Guerín consiste siempre en buscar la emoción de un instante, como la sonrisa de Nanuk el esquimal, o la desesperación de Charlot en “el Chico” una influencia la de Chaplin que reivindica también a menudo cuando habla de sus películas.

Desde  “Guest” y su correspondencia fílmica con Jonas Mekas, busca acercarse Guerín a lo experimental, a una búsqueda vanguardista en este mundo del cine tantas veces trillado, visitado y a menudo malogrado. Con la “Academia de las musas” nos lleva ahora a una experiencia diametralmente opuesta a la de “La ciudad de Silvia”, privilegiando el diálogo como elemento clave de la narración fílmica. Sus musas las encuentra en esta ocasión en la universidad de Barcelona.

Con un reducido presupuesto de producción, y fuera de los circuitos “normales” de la industria del cine, Guerín muestra con “La academia de las musas” que se puede hacer una obra artística de indudable valor y calidad, con un despliegue de imaginación y sensibilidad.   Todo empezó como resultado de su encuentro con el  profesor italiano Rafaele Pinto en la Universidad de Barcelona, traductor al español de “La vida nueva” de Dante Alighieri, obra que fue una de sus fuentes de inspiración en “La ciudad de Silvia”.

“Mi primera intención –dice Guerín- no era hacer una película, sino simplemente filmar una experiencia en ese curso de filología sobre el tema de las musas y del amor a través de la poesía y de la literatura”. La cámara empieza pues filmando de manera aparentemente documental el curso de ese experto en la obra de Dante, su disertación y sus diálogos con sus alumnas y con su esposa.

Pero rápidamente en este trabajo cinematográfico sobre la palabra hablada, los diálogos y las imágenes nos van mostrando verdaderos personajes en una ficción construida por la imaginación de Guerín, para mejor sorprender al espectador. “Los personajes  vinieron a mi, no los cree  yo – dice Guerín- aparecieron como una evidencia en las intervenciones de unos y otros”.

La “Academia de las musas”, escenas

El guión, afirma Guerín, lo construyó pues en la marcha en un viaje de ida y vuelta entre el rodaje y la mesa de montaje. Todos los personajes son reales, pero el resultado es una ficción total en la que nada es así en realidad. “Las mujeres de mi película no son musas, sino mujeres  de carne y hueso” afirma Guarín, quien filma sin embargo con maestría la sensualidad de sus interpretes no profesionales, sus modelos bresonianos, a los que pone en situación, para mejor captar momentos de emoción, sensualidad y absoluta autenticidad. No actrices que se despiden al final saludando ante la cámara como en una obra teatral.

La “Academia de las musas” nos habla pues del amor como una creación literaria, de la relación de seducción y de poder entre un profesor carismático y brillante con sus alumnas,  ante la mirada resignada y llena de tristeza de su mujer, que ve con lucidez el paso de esas pretendidas y jóvenes musas que alimentan el  ego de su esposo. La atracción intelectual y sexual, los celos, el engaño y una cierta ironía se desprende de este proverbio moral a la manera de Eric Rhomer, pero en el que Guerin evita y proclama no buscar juzgar el comportamiento de sus personajes, sino simplemente ser el testigo presencial de sus encuentros.

Como en cada una de sus películas Guerín nos ofrece una magistral lección de cine en libertad, escapando a los formatos y a las obligaciones de la producción. Hablada en  castellano, italiano, catalán o sardo, su película no está patrocinada por ninguna institución cultural ni regional: “he evitado así tener que respetar cuotas en el uso de las lenguas -afirma-  en la película los personajes hablan una u otra lengua de forma espontanea y natural”.

Si en el trabajo con sus modelos no profesionales, la “Academia de las musas”  tiende a Bresson, en su reflexión moral se acerca a Rhomer y en su forma de filmar transformando los elementos documentales en ficción, nos conduce de Barcelona a Sardegna pensando en Rosellini. Guerín ha asimilado y asume plenamente esas influencias o inspiraciones, al crear su propio estilo en esta brillante  academia de musas, tan lúdica como profunda. Un gran momento de cine, perdón…  de cinematógrafo.

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