La «Carmina Burana» de Fura dels baus, una burla a los melómanos

Alicia Población Brel[1]

El sábado 29 de julio de 2019 acudí a una de las últimas funciones de Carmina Burana en Madrid. El teatro Calderón estaba a rebosar. Llegué a mi palco y un señor, muy amablemente, me cedió el sitio de delante, que le correspondía. Pensé, «¡Qué suerte, voy a poder verlo muy bien!». Iba con muchas expectativas a ver por primera ver un espectáculo de la La Fura dels Baus.

"Carmina Burana" de Fura dels baus,
Carmina Burana, escena del montaje de Fura dels baus

La función comenzó con la flautista saliendo entre el público, iluminada con un único foco de luz blanca. Después la soprano, que estaba sentada en la platea, se unió, al tiempo que un coro de unas veinte personas empezaba el canto desde los laterales del patio de butacas, pretendiendo un efecto de estéreo.

La emoción inicial se fue disipando al descubrir un espectáculo francamente flojo, especialmente desde el punto de vista musical, que es el que más me toca. Una obra como la de Carl Orff pide una densidad acústica que no fue conseguida por la limitada plantilla de músicos para la que se había compuesto el arreglo (dos pianos, cinco percusionistas, un timbal y un contrabajo). Ni ellos ni el reducido coro, al que le faltaba precisión, coordinación y en ocasiones incluso afinación, lograron la unidad que la pieza requería. En general se echó de menos energía y brío para una obra tan potente como Carmina Burana, y el Oh fortuna! quedó realmente desinflado.

En cuanto a la escenografía y la puesta en escena, de la que se esperaba algo nuevo y rompedor, sorprendió un uso desmedido de proyecciones sobre un cilindro de tela dando por hecho la espectacularidad. Y, si bien es verdad que algunas resultaban impactantes y estéticamente llamativas, como la de Veris leta facias (El rostro de la primavera), donde unas ninfas jugaban con agua virtual y se relacionaba proyección con movimiento escénico, la mayoría eran manidas y te sacaban de lo que estaba pasando encima del escenario.

En una de las escenas de taberna el abad salpicaba al público desde una pecera donde se sumergía para cantar su aria. Este recurso de mojar a las primeras filas repetido tantas veces se me antojó simplista, innecesario y con el único objetivo de provocar la reacción fácil.

Los recursos teatrales fueron escasos y los escenográficos nada rompedores. Lo que pudo salvar un poco la función fue la interpretación de los cantantes solistas, especialmente los masculinos Antonio Torres y Lluís Frigola, cuya calidad sí sobresalía en la mediocridad del resto del montaje.

Destacar también que un espectáculo cuyo programa prometía una duración de hora y media desde las nueve empezó con casi un cuarto de hora de retraso y se quedó corto dejando que tras los últimos aplausos dieran las diez y media en punto.

Una función que no sorprendió como esperaba que lo hiciera bajo una dirección de Carlos Padrissa (la Fura dels Baus), destinada exclusivamente al patio de butacas y sin pensar que desde los palcos se distinguían elementos en el escenario que debían estar ocultos al público.

Para mí, una frustración de expectativas, una burla a los melómanos y una certeza de que la entrada no vale lo que cuesta.

  1. Alicia Población Brel (Salamanca, 1995) cursa estudios superiores de violín y composición en en la Hogeschool voor de Kunsten de Rótterdam (Holanda). Autora del blog Plasmando Detalles, es colaboradora de varias publicaciones musicales.

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