La historia de la Historia (toma cuatro)

El siglo XIX será el siglo de la Historia, en palabras del historiador francés de aquella centuria Gabriel Monod, es la edad del historicismo (aquella forma de entender el mundo que da por hecho que cuanto existe es producto del devenir histórico), el de la creación y éxito de palabras como desarrollo y evolución, el de la pretensión de dotar a la disciplina de un estatuto científico.

Leopold von Ranke
Leopold von Ranke

Es el siglo sobre todo, y esto es fundamental, del nacimiento y perfeccionamiento de la profesionalización del oficio de historiador, algo que se dio paralelamente a la emergencia del positivismo (el pensamiento filosófico que establece que el conocimiento auténtico es el conocimiento científico): el XIX es el siglo de la institución en Europa de cátedras, departamentos y archivos históricos nacionales de Historia (en el caso de la Real Academia de la Historia española, fundada en una fecha tan temprana como 1738, podemos ver el paradigma de una institución adelantada a su tiempo).

De hecho, es la centuria en la que escribe y publica el que es tenido por el primer historiador profesional, historiador en sentido estricto, que encabeza el movimiento historiográfico del que hablamos un poco más atrás, el historicismo. Es la centuria de Leopold von Ranke, nacido en 1795 y muerto en 1886, después de cuya actividad es evidente que la disciplina histórica no volvió a ser la misma y desde entonces quedó en manos de profesionales imbuidos en las siguientes décadas de la supremacía científica de su oficio.

Ranke escribió en el prefacio a su Historia de los pueblos latinos y germánicos de 1494 a 1514, aparecido en 1824, una deslumbrante muestra de lo que él y tantos como él luego de él, creyó que era la disciplina científica a la que dedicó su vida:

“A la Historia se le ha asignado la tarea de juzgar el pasado, de instruir al presente en beneficio del porvenir. Mi trabajo no aspira a cumplir tan altas funciones. Sólo quiere mostrar lo que realmente sucedió”.

No juzgar, no estar obligado a instruir para el futuro. Continúo.

Si Ranke —quien había sido el continuador y perfeccionador de las aportaciones al pensamiento histórico y a la práctica de la Historia llevadas a cabo por un político, filólogo e historiador alemán de origen danés, Barthold Georg Niebuhr (1776-1831)— encabezó el historicismo (cuyo último eslabón decimonónico fue Wilhelm Dilthey), al que él mismo entendía como la filosofía de la Historia que considera irrepetibles los hechos del pasado, los cuales sólo pueden ser comprendidos en su propio contexto, los otros titanes del siglo XIX fueron el pensador francés padre de la sociología August Comte, quien lideró el positivismo, aquella corriente del pensamiento que se dedica enteramente a buscar las leyes constantes del devenir humano; el pensador prusiano Karl Marx, quien hizo lo propio con el materialismo histórico (que entiende que el motor de la historia son las relaciones de producción, esto es, las relaciones económicas entre los hombres respecto de las cosas, o más exactamente la lucha política clasista); y el historiador francés Jules Michelet, capitán del romanticismo historiográfico (el pensamiento encargado de crear las historiografías nacionales que facilitaron a los grupos burgueses europeos forjar la identidad de sus respectivas naciones, de forma que los historiadores románticos serían los principales constructores académicos de las naciones).

Profesionales desde el siglo XIX, la identificación con los Estados que precisamente normalizaban ese estatus de los historiadores en aquellas décadas fundacionales, a quienes desempeñaban el oficio llamado Historia se les tacharía desde entonces, y en especial en aquella época, de párrocos del Estado.

No obstante, resulta de todo punto evidente que Niebuhr y Ranke habían venido a sustituir definitivamente a Heródoto y Tucídides.

De otro lado, aunque todavía de una manera marginal, en el siglo XIX emergieron estudios históricos alternativos a la prominente Historia política, como la Historia económica, la social y la cultural. Esta última, tan de nuestros días, nació con La cultura del Renacimiento en Italia, la obra de 1860 del historiador suizo Jacob Burckhardt.

Pero aquellos paradigmas científicos decimonónicos caerían en desuso poco a poco a lo largo de la siguiente centuria, de tal manera que lo que se evidenció fue que había (y hay) una profunda diferencia, una manifiesta oposición, entre los métodos de las ciencias humanas o sociales o del espíritu y los métodos de las ciencias experimentales o naturales o formales. Una oposición que sale a la luz con todas sus consecuencias cuando se hace evidente que la Historia científica “había fallado —y sigo aquí a Chris Lorenz— en la generación de un consenso comparable al que encontramos en las ciencias naturales”.

Continuará…

Únase a más de 1100 personas que apoyan nuestro periódico

Podrás comentar, enviar sugerencias y además podrás acceder de forma gratuita a eBooks, póster y contenidos exclusivos de nuestros colaboradores.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.