Mujeres y política en México: 200 años de lucha

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Desde que Olimpia de Gouges publicó en septiembre de 1791 la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana han pasado 222 años.

mujeres-democracia-cartelSoledad Jarquín Edgar

Son tal vez los años de las más grandes batallas que las mujeres han emprendido para que se reconozcan sus derechos políticos y con ellos el resto de sus derechos humanos. La lucha de las mexicanas no es más corta aunque apenas se cumplirán 60 años del voto universal, pero igual son casi 200 años desde la primera noticia documentada sobre la demanda de mujeres pidiendo participar en la vida pública y política del país. En Oaxaca, la documentación de estas manifestaciones se registra a principios del siglo XX, es decir, tendríamos que estar conmemorando y reflexionando sobre esos cien años por los derechos políticos de las mujeres.

Por eso resulta inverosímil que en las contiendas políticas del siglo XXI aún haya (muchas más personas de las que creemos) que piensan que el lugar de las mujeres no está en los asuntos públicos ni en la política y se siga negando (o discriminando) a las mujeres de esos derechos políticos: votar, ser votada y ocupar cargos públicos. Si lo pensamos y analizamos bien no estamos hablando solo de una idea vieja, trasnochada sino de algo que lastimosamente prevalece a lo largo del tiempo.

El tema ha sido estudiado con amplitud por feministas y académicas: mayor violencia contra esas mujeres que rompen con el esquema tradicional para incursionar en la esfera pública. En los medios de comunicación, por ejemplo, la vida privada (Rosario Robles), la forma en que visten (Crystal Tovar) o hablan (Xóchitl Gálvez, Sofía Castro y otras más), es decir, son vigiladas con precisión y a la menor equivocación se les cuestiona y exhibe, pero no siempre es por el desempeño de sus labores encomendadas, no. Al final, viven como se dice en la picota. Hay muchos ejemplos a lo largo de los últimos años.

Los partidos políticos, aún los más “avanzados” ideológicamente a favor de las mujeres, rechazaron en buena parte de los últimos 60 años la participación de ellas en los cargos de elección popular (las cifras lo confirman) y cuando se crearon acciones afirmativas para garantizar algún tipo de equidad renacieron las “mañas”, porque lo importante era cumplir con la cuota no hacer que ellas tomaran parte del poder.

Las mañas más frecuentes son:

1) Las mandan a municipios o distritos perdedores para sus partidos políticos, en tanto que los hombres son asegurados en los municipios donde tienen más posibilidades de triunfo.

2) Encabezan las fórmulas para diputaciones (uninominales o plurinominales), luego cuando “ganan” las hacen pedir licencia al tercer día o de plano se presentan ni a tomar protesta para que quien ocupe la curul sea nada más ni nada menos que su suplente: un varón.

3) También son ubicadas en los cargos de elección popular, utilizando de pretexto las cuotas de género, la parentela femenina, desde las hermanas, esposas, novias, amantes, hijas, cuñadas, primas y ahijadas para conservar el espacio de un determinado grupo político. Solo basta revisar la historia de los últimos congresos, por ejemplo, para dar con los árboles genealógicas de varios perredistas, sobre todo. Tras esas demostraciones del feminismo y de las estudiosas del género el panorama es clarísimo y cuando vemos a las que “heredaron” los derechos políticos por sangre y no por ser mujeres ni mucho menos políticas por convicción, pienso en la cabeza de Olimpia de Gouges rodando por el piso, bañada en sangre, tras ser guillotinada o en muchas otras que literalmente ofrendaron sus vidas para que otras estén hoy sentadas sin conciencia alguna de género respondiendo al patriarcado, sin cuestionarlo, solo obedeciendo, chistando de ves en cuando para aparentar otra cosa.

También se sabe, se ha documentado y comprobado que los partidos políticos no utilizan para lo que debe ser, los recursos financieros que cada instituto político tiene para incentivar la participación de las mujeres, “capacitar” a sus militantes. Con el debido cuestionamiento sobre ¿por qué a las mujeres habría que prepararlas? ¿acaso la política o el ejercicio del poder público es innato en los hombres? Bueno, tal vez la respuesta es porque existe la necesidad de desprender a las mujeres de algunas creencias del deber ser femenino, como lo ha señalado recientemente Patricia Mercado, directora de Iniciativa SUMA.

Las evidencias entonces nos muestran que está mucho más que arraigada la creencia de que los “huesos” grandes les siguen correspondiendo a los hombres y los más pequeños a las mujeres, con sus muy respetables excepciones.

En la actual contienda política por la presidencia municipal de la capital oaxaqueña, el PRI eligió a un hombre (Javier Villacaña); en el PAN se decidieron por otro candidato varón, Francisco Reyes, y Movimiento Ciudadano también ya destapó a su candidato, el expriista y diputado de la coalición que gobierna en Oaxaca, Raúl Bolaños Cacho.

La historia de las mujeres políticas que se quedan a medio camino se ha repetido incontables veces, es parte de la realidad que enfrentaron desde las primeras elecciones en la que participaron, como sucedió en Yucatán, Chiapas o San Luis Potosí a principios del siglo XX, donde no les reconocieron sus triunfos o como sigue pasando en Oaxaca –el más notable por conocido es el caso de Eufrosina Cruz, hoy diputada federal-.

La única y gran ventaja con la que cuentan hoy las mujeres que aspiran a una alcaldía o a una diputación local (en este proceso 2013) está en los tribunales electorales, pueden acudir solas o en grupo, pero no deben dudar en hacerlo si se sienten discriminadas por ser mujeres y veremos cómo lo resuelven los tribunales y como señala Patricia Mercado una sola de ellas puede cambiar la historia. La suerte está echada y la definición se dará en breve. A ver qué deciden hacer quienes hoy ostentan la hegemonía patriarcal partidista: seguir con lo mismo de siempre y con lo que eso representa o dar un golpe de timón o, al menos, cumplir con lo que establece la ley y en todo caso no dejarlas solas. (Fotografía tomada para el libro Mujeres de Oaxaca)

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