Muros de la vergüenza a 27 años de la caída del Muro de Berlín

«Es la rabia del presente»
(escribe Manuela)

Cuando volvimos a creer que todo el mundo es bueno mientras no se demuestre lo contrario, y ni remotamente podíamos llegar a pensar que los especuladores alcanzarían a sacar provecho de algo tan sagrado como la memoria; y mientras los “cazadores de recuerdos” corrían a hacerse con un pedazo del Muro de Berlín, último vestigio de la guerra fría demolido totalmente entre junio y noviembre de 1990, un espabilado periodista y mejor negociante, extremeño por más señas, fletó un camión en dirección al Berlín recién recuperado de 28 años de heridas todavía sin cerrar, y lo cargó de pedazos de cemento coloreado.

Caída del muro de Berlín

Berlin, el antiguo "Checkpoint Charlie" queda como reclamo del turismo.
Berlin, el antiguo «Checkpoint Charlie» queda como reclamo del turismo.

Era el otoño de 1990 y eran los restos del Muro que acababan de derribar las ansias de libertad de un pueblo (y los chanchullos políticos de dos bloques que casi treinta años más tarde siguen siendo antagonistas).

El periodista vendió su cargamento a una publicación semanal que redujo a partículas casi elementales los trozos de cemento y los regaló a sus lectores. El periodista ganó una pasta gansa con la operación; tanta que después se animó a comprar un vehículo –no recuerdo si avión, cohete o tanque- de la “época en que los rusos eran dueños de medio Berlín”, para revenderlo a los responsables de una comunidad autónoma insular, que le dio estatus de monumento en una de sus plazas.

Gracias a ese colega, en muchos hogares españoles se venera un pedazo de Muro lo mismo que se respetan la foto del Ché, el pequeño libro rojo maoísta  o el afiche de Solidarnosc. Como no podía ser de otra manera yo –previsible en mi normalidad generacional-  también conservo mi pedacito de Muro, encerrado en la burbuja minúscula de una tarjeta postal.

Producto de la guerra fría y símbolo de un mundo partido en dos bloques desde su construcción en 1961, el Muro de Berlín dejó de ser una frontera entre los dos lados de la ciudad la noche del 9 de noviembre de 1989, después de gigantescas manifestaciones populares en las que millones de ciudadanos del Este protestaban por el inmovilismo del régimen comunista, y reclamaban el derecho de poder pasar libremente al Oeste.

Cuando se cumplen veintisiete años de aquel acontecimiento con resonancias mundiales, los vestigios del Muro se siguen exhibiendo en museos y exposiciones de las cuatro esquinas del planeta. Más allá del alcance simbólico de la destrucción del Muro y el encuentro entre berlineses del Este y el Oeste –que aquella misma noche de noviembre de 1989 desbordaron las barreras de seguridad y se mezclaron por las calles recuperando la identidad que les habían robado-, la fecha sigue marcando el principio del hundimiento del bloque comunista, relegado al baúl de los recuerdos dos años más tarde.

Conocido en el Oeste como “Muro de la vergüenza” y definido por el gobierno del Este como “Muro de protección antifascista”, la República Democrática Alemana (RDA) levantó la inmensa tapia que dividió Berlín durante casi tres décadas en la noche del 11 al 12 agosto de 1961, con el objetivo de impedir el éxodo de ciudadanos hacia la República Federal (RFA). El imaginario de aquella Europa recién desembarazada del siniestro régimen nazi  convirtió aquel Muro de cemento en “Telón de acero” (expresión acuñada por Winston Chruchill en un discurso en Fulton, el 5 de marzo de 1946), porque más allá de un simple parapeto se trataba de un complejo dispositivo militar formado por dos muros de 3,6 metros de alto y 160 kilómetros de largo con un pasillo interior, 302 miradores y dispositivos de alarma, 14 000 guardias,  600 perros amenazadores y alambradas de púas en lo alto; una fortaleza desde la que los soldados soviéticos y los guardias fronterizos del este alemán disparaban sobre los fugitivos.

Casi totalmente destruido el Muro, que oficialmente terminaba con las secuelas de la Segunda Guerra mundial en el viejo continente,  ha dejado en el urbanismo de la capital alemana algunas cicatrices que todavía no se han borrado. Ahora, las personas interesadas pueden  seguir el antiguo trazado del Muro en 20 kilómetros en el centro de la ciudad, marcado en parte por una línea roja y en parte  por una doble hilera de adoquines de granito incrustados en la calle.

Valla de concertinas levantada por Hungría para evitar la entrada de refugiados
Valla de concertinas levantada por Hungría para evitar la entrada de refugiados

Más fronteras en un mundo sin fronteras

Veintisiete años después de la caída del Muro de Berlin en el mundo existen medio centenar de muros que responden a denominaciones diversas, entre ellas barreras o cierres.

Prácticamente cada semana nos enteramos de la construcción de un nuevo muro fronterizo: Kenia/Somalia, Túnez/Libia, Hungría/Serbia, Turquía/Siria … Se erigen nuevas murallas con la excusa del 11 de septiembre, de la primavera árabe o del conflicto sirio, para prevenir o frenar, según los discursos oficiales, la inmigración ilegal, el contagio terrorista, los tráficos de todo, incluidas las personas.

Sin embargo, con la caída del Muro de Berlín parecía que el mundo había cambiado. Las multitudes alborozadas bailaban en la Puerta de Brandeburgo, Alemania se iba a reunificar, el mundo saldría de las tensiones de la guerra fría. “La década de los ’90 iba a ser la de la paz sostenible, la del mundo en paz. Canadá impulsaba nuevos valores como el derecho de injerencia, la seguridad humana, la responsabilidad de proteger…Había llegado la hora de un mundo sin fronteras, del paso de las soberanías obsoletas a la aldea global de la mundialización. Pero el atentado (a las Torres Gemelas de NY) del 11 de septiembre congeló esas aspiraciones, los estados se cerraron como ostras, las fronteras se convirtieron en trampas duras y agresivas. En la frontera, la norma ahora es la de una violencia latente. Y son muchas las que cuentan con su muro, en teoría inexpugnable” (De las actas del Coloquio Internacional organizado por la Cátedra Raoul-Dandurand, los días 2 y 3 de junio de 2016 en Montreal, Québec, Canadá).

Según la publicación Courrier International hay dos tipos de muros: los construidos para “impedir conflictos o limitar actos terroristas” y los que intentan “impedir a los inmigrantes cruzar fronteras”. Al primer caso pertenecen los muros que separan, de manera discontinua, Israel de Cisjordania y de la franja de Gaza, o el “más antiguo de los muros”, que separa las dos Coreas; lo mismo que “el muro de arena” marroquí que corta en dos el Sahara occidental. En el segundo caso están el muro entre México y Estados Unidos, el construido entre Israel y Egipto y el que se encuentra entre India y Bangladesh, que ostenta el triste record de ser la fortificación más larga del mundo, con 3000 kilómetros. Courrier International lo define como “gruyère gográfico” porque existen muchos enclaves indios en el territorio de Bangladesh, y viceversa.

«Desde hace dos décadas –explica Elisabeth Vallet, profesora de geografía en la Universidad de Montreal, Québec- estamos asistiendo a un fenómeno de regreso  al cierre de fronteras. Un fenómeno que se ha acelerado en los últimos meses… Los alambres de púas son un producto muy demandado en este momento. Los materiales (cemento, electrificación, arena…), los dispositivos (miradores, cierres continuos o discontinuos, barrios separados, fuerzas militares, tecnología biométrica…), los costes, los objetivos (lucha contra la inmigración o el contrabando, razones de seguridad o contenciosos territoriales…) y la eficacia, son diferentes de un país a otro. Pero todas estas construcciones indican un mismo fenómeno: la lógica de la fortificación de las fronteras. Mientras que los viejos muros servían para evitar que los conflictos degeneraran (Chipre India, Pakistán, las dos Coreas…), hoy se trata de blindar las fronteras”.

Después de la caída del Muro de Berlín, los hombres han levantado decenas de muros en la era de la globalización, de la libre circulación, de Internet. Los muros de separación contemporáneos –en ocasiones de varios miles de kilómetros, alambrados o electrificados, alcanzando hasta diez metros de altura, de dobles paredes, guardados por soldados, cámaras de vigilancia y drones de reconocimiento, reforzados con minas de fragmentación- se levantan con la excusa de la seguridad, tanto civil como militar, la contención de la inmigración o la lucha contra los distintos tráficos, aunque lo que hacen es dividir a los pueblos y las culturas y fomentar el odio “al otro”. Miles de kilómetros de fronteras consideradas infranqueables separan hoy a Estados Unidos de México, a la Unión Europea de Africa, a Irak de Arabia Saudí, y un largo etcétera.

Los comienzos del siglo XXI han sacado a la luz la cara oculta del fenómeno que no es otra que las guerras comerciales entre países, o bloques, y la erosión de los derechos de los trabajadores. Los muros actuales no pretenden frenar los contactos con los ciudadanos del otro lado, sino dejar fuera a los «indeseables». Definen una comunidad social y territorial “defendible”, y al mismo tiempo las categorías  peligrosas de las que conviene protegerse. (Los “barrios residenciales” en muchos países latinoamericanos, por ejemplo, residenciales y supervigilados, no son otra cosa que enclaves urbanos fortificados. Estos dispositivos que empiezan a extenderse en otros lugares del mundo suponen la anticipación permanente de una amenaza externa que exige el despliegue de técnicas de inspiración militar para controlar un territorio privatizado).

Gaza, muro. Foto: Elena Herreros
Gaza, muro. Foto: Elena Herreros

Un mundo feudal

Pero volvamos a los muros propiamente dichos. La construcción de muros en las fronteras no es un fenómeno totalmente nuevo, desde 1945 se observa un crecimiento continuo y regular del número de este tipo de infraestructuras, un poco por todo el mundo. Pero el fenómeno ha adquirido otra proporción desde 2001, fecha en la que la curva experimenta una elevación exponencial “como si entráramos en una nueva era, una era de cierre, de fortificación, de repliegue”, explica la profesora  Elisabeth Vallet. En 1945, finalizada la Segunda Guerra mundial, había once muros internacionales. Hoy son 66 los construidos, o en fase de serlo, con un total de cerca de 40 000 kilómetros. Casi la circunferencia de la Tierra en el Ecuador.

Muchos países europeos, confrontados a la circulación de migrantes, están levantando ahora muros para “hacer más seguras sus fronteras”, al tiempo que se colocan fuera de la legislación comunitaria que tiene establecida la libre circulación de personas y mercancías. Las extremas derechas están sacando partido electoral de las crisis de emigrantes y refugiados, enarbolando la bandera del miedo: miedo al otro, miedo a que te quite tu trabajo, tu casa, tu ayuda social…El 15 de septiembre de 2016 Hungría terminó el cierre de su frontera con Serbia, un importante punto de entrada hacia la Unión Europea (UE) de los refugiados procedentes de Oriente Medio. Pero Hungría no ha sido el único país que quiere protegerse, tampoco el primero ni el último. Grecia y Bulgaria sellaron sus fronteras con Turquía; la de Ucrania con Rusia está cerrada. Mientras otros países bálticos se plantean copiar a Ucrania, Gran Bretaña anuncia la construcción de un “nuevo gran muro” para impedir que puedan saltar a los camiones que cruzan el Canal de Mancha los refugiados y migrantes que esperan su oportunidad en territorio francés.

Ceuta, valla en la frontera con Marruecos
Ceuta, valla en la frontera con Marruecos

En Africa, Ceuta y Melilla, enclaves españoles en territorio marroquí, están rodeados por una doble hilera de alambradas con “concertinas”,  de seis metros de altura.  También Marruecos y Argelia están a punto de construir una valla doble a cada lado de su frontera… En Asia, entre India y Pakistán, lo que se conoce como “la línea de control de Cachemira”,  igual que con Bangladesh, existen muros y cierres fronterizos. Oriente Medio se caracteriza por una auténtica cultura del “emparedamiento”: entre Kuwait e Irak, entre Irak y Arabia Saudí (que tiene cerradas cinco fronteras), entre los Emiratos Arabes Unidos y Omán… En América, Brasil ha anunciado un muro “virtual”, vigilado por drones y satélites, en sus cerca de 15 000 kilómetros de fronteras. Al tiempo que Estados Unidos ha reforzado varias veces la frontera con México, la más peligrosa del mundo, que corre a lo largo de los estados de Arizona, Texas y California y para la que se han utilizado materiales de desechos militares de la primera Guerra del Golfo (la de Bush Padre), y en la que han muerto 10 000 migrantes en los últimos 20 años. Desde el 11 de septiembre de 2001 son muchos los países que  piensan las relaciones internacionales a través del prisma de la “guerra de civilizaciones”.

Después de años de apertura empieza a aparecer una especie de reflejo “medieval”, un repliegue en los valores tradicionales e identitarios, la nostalgia de una antigua edad de oro. Una forma de “feudalización”, mientras la derecha más carca se apodera del debate migratorio. En estos casos, la construcción de muros es la única respuesta aceptable.

Pero la historia demuestra que los muros terminan siempre por caer. Nunca han impedido que pasaran al otro lado las gentes decididas a franquear una frontera, huyendo de la guerra o la miseria. El mejor ejemplo para demostrarlo es Europa: antes, los emigrantes llegaban por Canarias. Europa adoptó medidas que fueron soluciones efímeras y los migrantes terminaron por encontrar los enclaves de Ceuta y Melilla. Europa puso en práctica las instalaciones de rejas y barreras, y los emigrantes se fueron un poco más lejos para llegar por el desierto de Libia. Y luego por Malta… y ahora por Grecia e Italia. El problema con los cierres es que hacen que el paso sea cada vez más peligroso y que los migrantes cada vez arriesguen más sus vidas, además de favorecer el crecimiento de un sector de economía informal: las mafias que les cobran por “ayudarles a pasar”. “Los muros invitan a las mafias a la mesa de la frontera”, dice la profesora Vallet. “No se puede franquear un muro sin recurrir a estructuras delictivas”.

Los muros son respuestas torpes e inhumanas

Para Vallet “construir un muro es una solución completamente ineficaz, que lo único que hace es desplazar el problema sin resolverlo.  Es una respuesta rápida y simbólica, pero esencialmente cosmética y demagógica”. Es un mensaje que los gobiernos envían a sus electores, con el objetivo es demostrar que actúan. El geógrafo Michel Foucher habla de un muro como “intento de relaciones públicas”.

“La construcción de muros puede tener un efecto desastroso para una región, en la medida en que la desestructura. Erigir una separación conduce casi siempre al nacimiento de dos economías diferentes y contradictorias. A ambos lados. En el “país rico”, el muro se convierte en un negocio lucrativo para el complejo militar-industrial, que ha encontrado aquí nuevas salidas después de la guerra fría. Mientras que al otro lado nace el negocio de las mafias de todo tipo. En el lado del “país rico” las fronteras se transforman en zonas de experimentación tecnológica, con contratos cifrados en millones de  euros: detrás del muro se acantonan militares, se dispone de sensores, de drones e incluso de robots, y la zona se militariza va convirtiéndose al tiempo en zona de tolerancia jurídica. En la frontera con México se habla incluso de “zona sin constitución”.

A modo de curiosidad, existen estudios que demuestran que los muros tienen también repercusiones sobre la fauna y la flora. El que existe entre Estados Unidos y México ha hecho desaparecer algunas especies del lado mexicano. Y, en un tiempo mucho más prolongado, se ha podido constatar que la naturaleza ha evolucionado de manera diferente a los dos lados de la Gran Muralla China.

Las decenas de muros levantados en los últimos veintisiete años no han hecho que el mundo sea más seguro. Donde se levanta una barrera física aparecen enseguida barreras mentales, mucho más difíciles de abatir porque son invisibles. Pero los muros no son ninguna novedad. Siempre ha habido muros políticos en la historia del mundo lo mismo que ha habido líneas discursivas distintas de las murallas estrictamente defensivas; ambas tendencias se han conjugado para dar forma a los muros-fronteras: la Gran Muralla China y las del Imperio Romano fueron a la vez líneas de fortificación destinadas a luchar contra las incursiones enemigas y fronteras de civilización contra la barbarie.

En todo caso, los muros no son soluciones sino respuestas torpes e inhumanas a un problema que existe, aunque a nadie le guste nombrarlo porque parece políticamente incorrecto: el del Norte-Sur. Los muros anti-inmigración, incluidos los que se alzan con el pretexto de que una frontera es conflictiva, son la consecuencia directa de profundos desequilibrios. Los de Ceuta y Melilla, el de Estados Unidos con México, o el de Austria con Eslovenia, explican con claridad las tensiones Norte-Sur, en las que destaca un tema nada menor, el de las cifras: 1200 millones de ricos y viejos frente a 5700 millones de pobres y jóvenes.

“¿Puede alguien pensar que el mundo vacío de los ricos podrá mantenerse indefinidamente impermeable al mundo lleno de los pobres?”, se preguntaba en 1991 el escritor Jean-Christophe Rufin en “El imperio y los nuevos bárbaros”. La respuesta va implícita en la pregunta.

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Periodista, libertaria, atea y sentimental. Llevo más de medio siglo trabajando en prensa escrita, RNE y TVE; ahora en publicaciones digitales. He sido redactora, corresponsal, enviada especial, guionista, presentadora y hasta ahora, la única mujer que había dirigido un diario de ámbito nacional (Liberación). En lo que se está dando en llamar “los otros protagonistas de la transición” (que se materializará en un congreso en febrero de 2017), es un honor haber participado en el equipo de la revista B.I.C.I.C.L.E.T.A (Boletín informativo del colectivo internacionalista de comunicaciones libertarias y ecologistas de trabajadores anarcosindicalistas). Cenetista, Socia fundadora de la Unió de Periodistes del País Valencià, que presidí hasta 1984, y Socia Honoraria de Reporteros sin Fronteras.

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