Viajes por la URSS: Turkmenistán

En el verano de 1984 viaje con otros corresponsales a la República Soviética de Turkmenistán ubicada en el Asia central, a 3592 kilómetros de Moscú.

Turkmenistán Ashgabad edificios personajes históricos
Turkmenistán Ashgabad edificios personajes históricos

Volamos hasta su capital Asjabad, situada en un oasis del Desierto del Karakum (tierra negra) que ocupa 350.000 kilómetros cuadrados, el setenta por ciento del territorio turkmeno, en un Aeroflot lleno de campesinos y bultos.

Regresaban a sus aldeas tras vender, en el mercado koljosiano de Moscú, carne y verduras de excelente calidad.

Esas cooperativas producían mejores alimentos que el Estado soviético, pero insuficientes para los casi trescientos millones de habitantes que entonces tenía la URSS.

Y volvían cargados de productos comprados en el GUM (Glavnyj Universalnyj Magazín) a donde llegaban cientos de camiones fletados por personas que llegaban a Moscú solo a completar su ajuar, porque era enorme el desabasto de artículos de consumo en sus pueblos.

Compraban lo que alcanzaban, aunque no fuera de su gusto y talla, porque todo podía intercambiarse; se vivía una economía de trueque.

Situado en la Krasni Plozhad (Plaza Roja), que ya he contado se llama así por bella, porque krasni significa bonito que es en ruso sinónimo de rojo, el edificio del GUM se construyó imitando pasajes comerciales inspirados en bazares de países árabes, que estaban de moda a principios del siglo diecinueve en París.

Y cuando fue inaugurado en diciembre de 1893, era la tienda más impactante de Europa.

No me gusta comprar en almacenes grandes porque me engento (aturdo) de tantas personas, pero iba con frecuencia porque estaba a pocas paradas de la estación Sokol del Metro donde vivía y me gustaba disfrutar la Plaza Roja y observar a quienes hacían cola para ver el cuerpo de Lenin y sus recciones ante el GUM y su mercancía.

Y varias veces vi sobre todo a gitanos, que al estrenar ropa o zapatos se quitaban lo viejo para tirarlo en cualquier basurero.

La entrada era libre, se podía ir a descansar y a calentarse en invierno y en el tercer piso había restaurantes y baños.

Y como jamás pensé que en el mismo corazón del socialismo y frente al poderoso Kremlin y la tumba de Lenin cobraran por hacer pipi, en una urgente ocasión y tras la fila de rigor, llegué hasta la puerta del baño sin el kopek (centavo) que había que introducir en la ranura.

Viendo que una señora gorda abría demasiado la puerta al salir de uno, aproveché para encogerme y entrar; lo que no me perdonó la encargada, que me persiguió hasta que compré una bufanda para que me dieran cambio y poder pagarle el centavo reclamado.

En las calles de Asjabad, donde caminaban hombres que se sonaban al aire, y llenas de escupitajos con o sin cascaritas de semillas de girasol que era imposible no pisar, me quedó más que clara la razón del estupor de sus campesinos por la limpieza de la Plaza Roja.

Sucio era también, el hotel donde nos alojamos y cuyos cuartos carecían hasta de jabón.

Y debimos esperar dos horas parados junto a nuestras maletas, a que los funcionarios que nos acompañaban presentaran pasaportes, acreditaciones, permisos de salida de Moscú y certificados de matrimonio de las parejas; la URSS no permitía a los no casados, compartir el mismo cuarto.

Situación de fácil solución con la persona del registro mediante algunos rublos, pero no con las viejitas que, sentadas en un escritorio frente al elevador de cada piso, prestaban tijeras, vendían hilos y agujas y eran guardianas de la moral socialista, checando que nadie pasara furtivamente de una habitación a otra.

Turkmenistán (lugar de los turcos que tienen fe) limita con el mar Caspio, Uzbekistán, Kazajistán, Irán y Afganistán, y ha estado poblada desde la antigüedad por tribus nómadas dedicadas a la crianza de caballos, que se extendieron hasta Persia, Siria y Anatolia.

A fines del siglo cuarto antes de Cristo, fue conquistada por Alejandro Magno; un milenio después, dominada por un califato que en 971 introdujo el islam y durante siglos escala de la Ruta de la Seda del comercio con China.

Entre 1860 y 1880, la ocupó el ejército ruso que fundó el puerto de Krasnovodsk y en 1881, el Imperio ruso se la anexó.

En 1924 fue una de las repúblicas constituyentes de la Unión Soviética y se establecieron sus fronteras, se desarrollaron sistemas de regadío para algodón y empezó el aprovechamiento de sus recursos naturales.

Todo era ahí diferente a lo que había visto; visitamos mezquitas construidas a semejanza de las carpas usadas en el desierto, sitios arqueológicos de la Edad del Bronce, granjas cooperativas, el Desierto del Karakum y una fábrica de tapetes.

Sentadas en el suelo frente a esterillas, decenas de mujeres, algunas con sus niñitos al lado y todas indiferentes a nuestra presencia, anudaban con rapidez coloridos hilos de lana o seda; mientras menos gruesos, más nudos y mayor el precio de esas obras de arte.

Sabían de memoria el diseño, diferente para cada tribu; no vi que copiaran de algún patrón.

Las turkmenas usaban gorros pequeños y faldas largas y eran muy discriminadas, se les prohibía casi todo y debían tratar a sus hombres con absoluta sumisión.

Y los hombres llevaban sombreros de borrego, negros los viejos y blancos los jóvenes; suficientemente grandes para capear los fríos y el sol del desierto y evitar que entrara arena a los ojos.

El desierto del Karakum posee la cuarta mayor reserva de petróleo y gas del mundo, la mayor parte la aún se vende a Europa a través de la empresa estatal rusa Gazprom.

Para surtir de agua la zona, se inició en 1954 un canal para desviar el río Amu-Darya; era navegable la mayor parte de sus más de 1300 kilómetros y se dice, fue factor del desastre ambiental en el Mar Aral.

No nos acercamos, pero vimos el resplandor del pozo de Darvazá; conocido como puerta del Infierno.

Fue consecuencia de un accidente en 1971, cuando geólogos soviéticos que cavaban buscando gas vieron desaparecer en instantes su equipo y casas de campaña; cayeron a una cueva subterránea de 69 metros de diámetro, treinta de profundidad y una temperatura interior de 400 grados centígrados.

Temiendo que saliera más gas, le prendieron fuego pensando se apagaría en pocos días; lleva 52 años ardiendo y es visitado por científicos de todo el mundo, que no se explican lo sucedido.

En los caminos que recorrimos, camellos y dromedarios eran tan comunes como los perros en nuestras ciudades y para muchos, medio de transporte. 

Y en una granja campesina donde nos agasajaron, una corresponsal estadounidense casi muere asfixiada por beber leche de camella, que se sirvió para desafiar al presidente del koljoz que con sorna dijo, era solo para paladares masculinos.

De la comida turkmena me gustaron las berenjenas, el chazlik (brochetas de carne y vegetales) ash (arroz) con pollo y duraznos y algunos guisos de fideos con cordero.

Para completar este artículo leí en Wikipedia que al disolverse la URSS, en octubre de 1991, Turkmenistán se convirtió en estado independiente lidereado por presidentes autócratas y corruptos y para la ONU es uno de los países más violadores de derechos humanos.

Pretextando que la mayor parte de la población es analfabeta y nómada y pocos aprovechaban sus servicios, cerraron las bibliotecas públicas y no funcionan los hospitales de tiempos soviéticos.

Se tortura disidentes y encarcela a los no islamistas; las mujeres son maltratadas y detenidas por «incumplir» normas machistas; el espionaje es permanente; los medios de comunicación totalmente controlados; los médicos tienen prohibido informar a los pacientes sobre sus enfermedades; a las minorías rusas y uzbekas se les dificulta ir a la universidad.

Y el culto a los gobernantes ha llegado al grado de imponer sus retratos hasta en las botellas de vodka.

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