Alemania, 1965-2019: retrato sociológico en sepia

Una de la máximas periodísticas a la hora de ejercer la profesión es la de “Ir, ver y contarlo”. Y en el caso a tratar en esta ocasión hay que advertir que el recorrido entre ida y vuelta ha sido de cincuenta largos años.

Si bien es comúnmente aceptado en la profesión el hecho de que el periodista no debe ser noticia, en este caso concreto resulta imprescindible formar parte de ella, al ser arte y parte de la misma por partida doble.

En primer lugar, porque el que suscribe formó parte en los años sesenta del pasado siglo de aquellos cientos de miles de españoles que se vieron (nos vimos) obligados a emigrar a otros países del centro y norte de Europa para intentar abrirnos camino en los distintos campos, porque esta tierra, España, estaba yerma de oportunidades profesionales.

Por otra parte, y siguiendo las huellas de aquellos años, aquel antiguo emigrante que un día fue, ha vuelto ahora como periodista a la ciudad alemana de Coblenza, a la que llegué en el año 1965, con diecinueve años.

Conrado Granado Coblenza 1965

Conrado Granado Coblenza 1965
Conrado Granado Coblenza, Alemania, 2019.
Arriba, fotografía de 1965

Han transcurrido pues más de cincuenta años entre los dos viajes y, para mostrar la huella que el paso del tiempo va dejando en el ser humano, nada mejor que mostrar dos fotografías, una que hice, allá por los años sesenta, y otra que he vuelto a repetir en la misma ciudad y parecidos lugares, en el pasado diciembre (2019). Como el lector podrá comprobar, hay diferencias que saltan a la vista…

También hay otras diferencias entre la Alemania de los años sesenta en la que yo viví siendo joven y la de nuestros días, un país al que suelo acudir unas veces por obligación y otras por devoción. Unas diferencias que pueden acercar al lector a lo que fue este país hace medio siglo y lo que es a la altura de nuestros días, cuando se ha convertido en la cuarta economía del mundo, siendo al tiempo el motor de la Unión Europea.

En aquel ya lejano 1965 hacía apenas veinte años que había terminado la segunda Guerra Mundial y Alemania estaba dividida entre los países vencedores: Estados Unidos, la antigua URSS, Francia y Reino Unido. No resultaba difícil ver a soldados de estos países en el territorio, como tuve ocasión de comprobar. En la Alemania comunista, o República Democrática Alemana, los rusos estuvieron presentes hasta el año 1989, finalizando con la caída del Muro de Berlín que había partido una ciudad, un país.

Konrad Adenauer sería el primer canciller federal alemán y uno de los llamados “padres de Europa”, junto a Robert Schumann, Jean Monet y De Gasperi. Adenauer murió en 1967 a los 91 años en Bad Honnef, población cercana a Coblenza, donde yo trabajaba en aquellos años. Como curiosidad, baste decir que estuvo trabajando hasta los últimos días de su vida, entregado a su país.

Hay que decir que a los emigrantes en aquellos años no se nos consideraba extranjeros, sino “gastarbeiters”. Es decir, “trabajadores invitados”. Invitados a trabajar, claro, pues para eso habíamos llegado a aquel país. Se presuponía que tras unos años de estancia en Alemania, y con el dinero ahorrado, los “trabajadores invitados” regresaríamos a nuestro país, cosa que a veces sucedía, y a veces no, con lo que comenzaría la mezcla de gentes de distintos países. Muchos se han quedado para siempre, se han casado, han tenido hijos que ya son alemanes, por lo que en sus países de origen serían unos extraños.

En aquellos años, y en plena reconstrucción, en Alemania había tres millones de puestos de trabajo que había que cubrir, y escasa mano de obra autóctona por razones obvias de la contienda habida años atrás.

Para eso estábamos los “invitados”, como éramos los españoles, portugueses, italianos, yugoslavos, marroquíes, turcos, y de otros países. Un crisol de gentes que ayudamos con nuestro esfuerzo a levantar a aquel país, recibiendo a cambio los tan apreciados marcos alemanes, una moneda que ya por entonces era fuerte en todo el continente.

Como dato, diré que cuando llegué, el marco alemán equivalía a quince pesetas españolas, y al regresar la cifra se había elevado a ochenta pesetas. Creo que el llamado “milagro alemán” consistió en gran parte en la seriedad en la sociedad alemana y, sobre todo, en el trabajo. Porque creo que sin esfuerzo no hay milagros que existan.

He vuelto a Alemania en diciembre de 2019, y he podido comprobar el avance de aquel país. La ciudad de Frankfurt, sede del Banco Central Europeo, se me asemeja hoy a Nueva York, y desde allí se mueve el dinero de la Unión Europea, con todo lo que eso significa. Del millón de refugiados que recibió Alemania en el año 2015, unos cuatrocientos mil están ya trabajando en la industria alemana, en un momento en el que el país tiene disponibles cerca de millón y medio de puestos de trabajo.

Con un 3,1 % de paro según Eurostat, Alemania dispone en estos momentos de un sistema de trabajo conocido como los ‘minijobs’, que es una forma de poder compaginar estudios y trabajo, o disponer de varios trabajos a la vez. Tiene sus defensores y detractores, como es lógico, pero junto a ello dispone de una serie de ayudas sociales que repercuten directamente en la sociedad alemana.

En estos momentos, cristianodemócratas y socialdemócratas, que representan a la derecha e izquierda moderadas, forman gobierno en Alemania, liderados por la canciller Angela Merkel, política en retirada y pienso que una de las cabezas mejor amuebladas de Europa. Como en el resto del continente, en los últimos años han aparecido los partidos populistas, en este caso Alternativa Para Alemania (AfD, en su sigla en alemán), partido euroescéptico y próximo a la extrema derecha.

Este ha sido, a grandes rasgos un retrato sociológico en sepia de la Alemania que yo conocí siendo un joven hace más de cincuenta años y a la que he vuelto a visitar en diferentes épocas de mi vida, la última en diciembre de 2019, comprobando como periodista la evolución de un país que un día conocí como emigrante. O si ustedes lo prefieren, como “trabajador invitado”… Estos alemanes, siempre tan educados.

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@conradogranado. Periodista. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. He trabajado en la Secretaría de Comunicación e Imagen de UGT-Confederal. He colaborado en diversos medios, como El País Semanal, Tiempo, Unión, Interviu, Sal y Pimienta, Madriz, Hoy, Diario 16 y otros. Tengo escritos cinco libros: Memorias de un internado, Todo sobre el tabaco: de Cristóbal Colón a Terenci Moix, Lenguaje y comunicación, "Y los españoles emigraron" y "Carne de casting. La vida de los otros actores" Soy actor. Pertenezco a la Unión de Actores y Actrices de Madrid, así como a AISGE (Actores Intérpretes Sociedad de Gestión). Trabajos en series de televisión, películas y publicidad.

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