En el podio de los salvadores de la humanidad

Roberto Cataldi

En la historia universal hay un sinnúmero de personas que han contribuido al desarrollo de la humanidad y pasaron inadvertidas, no recibieron el reconocimiento que merecían o simplemente sus nombres no trascendieron a la opinión pública.

En efecto, seres anónimos que ayudaron a muchas personas vulnerables, evitaron catástrofes o cambiaron en sentido positivo el curso de la historia.

Hoy no pocos médicos y enfermeras en la tarea asistencial se contagiaron el virus y algunos perdieron la vida, también personal de otras áreas colaborando tuvo igual suerte.

Pero no todos recibieron el reconocimiento de que fue objeto Florence Nightingale, precursora de la enfermería y con una labor abnegada durante la Guerra de Crimea, de Oskar Schindler quien salvó la vida de más de mil trescientos judíos en época del terror nazi, de Alexander Fleming descubridor de la penicilina o de Marie Curie quien descubrió el radio y el polonio, siendo pionera en el tratamiento del cáncer.

Estos seres cumplieron con un «imperativo moral» como diría Kant, hicieron lo que les imponía su conciencia y, seguramente no pensaron en acceder al podio de los salvadores de la humanidad.

Claro que en estos días de pandemia, varios líderes políticos con sed de gloria están librando día tras día una batalla mediática para ser reconocidos por el descubrimiento de una vacuna, en una suerte de nacionalismo de cuño inmunológico.

Los países más desarrollados no quisieron comprometerse en un proyecto avalado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para cooperar en el desarrollo, distribución y acceso de la vacuna a todo el mundo, ya que sus prioridades son otras, como la vacunación de su población (Trump quiere lograrlo antes de las elecciones) y, lo que suceda con el resto de la población mundial sería secundario.

Las poblaciones de los países pobres nunca fueron una prioridad, aunque sí fueron útiles para probar medicamentos antes de autorizarlos en los países desarrollados.

De todas maneras, la erradicación del coronavirus con vacunas experimentales está muy lejos, no será el caso de la viruela que fue erradicada y, tal vez siga el camino de la poliomielitis o el sarampión, enfermedades hoy controladas con la vacunación pero no erradicadas. Al parecer no se dieron cuenta de que se trata de un problema global, de ricos y pobres.

Los que trabajan en los laboratorios procurando crear la vacuna, tienen la intención de salvar vidas y de que retornemos a nuestras añoradas rutinas y, salvo excepciones, evitan aparecer en los medios, pues están refugiados en sus gabinetes en una carrera contra reloj.

Mientras líderes como Putín, Trump o Xi Jinping, entre otros de menor calado que buscan imitarlos, con performances más bien de opresores que de salvadores, parecen pilotos de la Fórmula 1, en una competencia por ver quién llega primero a la meta y se sube al podio de los triunfadores. Sus intereses no apuntan precisamente a la salvación de la humanidad, bástenos sus declaraciones públicas.

Recuerdo que en 1984 se identificó al VIH como agente causante del SIDA y entonces las autoridades sanitarias de los Estados Unidos, bajo la presidencia de Ronald Reagan, afirmaron que en dos años tendrían la vacuna contra ese virus. Dicen que Reagan consideraba al SIDA como al sarampión, que se curaría solo, incluso tardó unos años en mencionar el nombre de la enfermedad en sus discursos. También Fidel Castro creyó que la isla tendría la primera vacuna, pero no fue así.

Boris Johnson no tomó con seriedad la llegada del coronavirus al Reino Unido, visitaba los hospitales y estrechaba la mano de personas infectadas, enviando un mensaje contradictorio a la población, hasta que finalmente el virus le dio alcance y durante una semana habría luchado entre la vida y la muerte, según confesó.

En Brasil, mientras aumentaban los casos de Covid-19 y miles de personas morían, Bolsonaro calificaba la enfermedad de «gripecita».

En fin, la miopía en el liderazgo de estos individuos resulta patética, ya que desprecian las evidencias científicas, la opinión de los expertos y, con sus comentarios más allá de abonar la ignorancia de sus acólitos, estimulan conductas individualistas y falta de solidaridad.

La incoherencia es tal que mientras fabrican bombas de destrucción masiva capaces de aniquilar el planeta o amenazan con sus nuevos misiles a otras naciones, ignorando los reclamos de las minorías y las poblaciones vulneradas de sus propios países, recurren a una escenografía humanitarista e hipócrita, inspirada en el mayor regisseur del Siglo veinte, Joseph Goebbels. Tienen la ambición de pasar a la historia por sus declaradas «buenas intenciones», mientras la opinión pública los colmaría de gloria.

El mundo no necesita de estos líderes mesiánicos, que se manejan entre la seducción y la coerción, sino de individuos normales, que sepan adaptarse, aprender, escuchar, luego liderar y, que promuevan la convivencia más allá de las fronteras, dentro de un marco ético.

Los movimientos abolicionistas comenzaron muy avanzada la Edad Moderna. La tarea de combatir la esclavitud como la conocemos continua, pero también las versiones remozadas y cosméticas que están horadando el juego democrático. Los seguidores de estos líderes se ciñen al mito del amo y el esclavo.

En efecto, para Aristóteles el esclavo lo era por naturaleza y debía permanecer así hasta su muerte (no le reconocía naturaleza humana). Hegel, en cambio, pensaba que en la génesis de la historia de la humanidad se es amo o esclavo. Este último lo es a consecuencia de que en el primer enfrentamiento renunció a arriesgar la vida. Y luego del enfrentamiento el amo le impuso un trabajo servil que el esclavo voluntariamente aceptó.

Claro que para que la historia continúe es preciso que ambos sobrevivan. El esclavo reconoce al amo como tal y se hace reconocer por él como esclavo. La estrategia, muy actual, está en dejar vivir al esclavo a cambio de destruir su autonomía y así someterlo.

Ahora bien, Hegel deja en manos del esclavo la historia, ya que éste deberá liberarse y convertirse en un ciudadano… Más allá de que a muchos les seduce el papel de «esclavos modernos» a condición de que se les permita sobrevivir o recibir algún beneficio del Estado, bajo un paternalismo abusivo que ofrece «seguridad», la situación está mutando y, el virus no es ajeno.

En una época clave hace unos 250 años, Voltaire dijo una frase de absoluta actualidad: «Es difícil liberar a los necios de las cadenas que veneran». Afortunadamente no todos están dispuestos a besar la mano del amo. Bástenos las rebeliones que diariamente surgen en distintos lugares del planeta en reclamo de derechos fundamentales, y debemos sumar las rebeliones interiores de los que no se atreven a manifestarse por temor pero se indignan.

Está claro que los líderes que hoy dominan buena parte del mundo nada tienen de salvadores, son burdos opresores, y es hora de que sus votantes o sus acólitos asuman el riesgo de pensar por sí mismos, dejen el oportunismo del pensamiento único, y asuman una actitud responsable haciéndoselo saber. La libertad nunca fue una dádiva, tampoco la justicia o la igualdad.

  1. Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)

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