La conciencia histórica

Conciencia histórica no es lo mismo que la conciencia del pasado que acompaña a las comunidades humanas desde la noche de sus tiempos

Comienzo recordando qué es la Historia, qué hace. Comprender el pasado, no juzgarlo. Repitan conmigo. Historiadores del mundo, repetidlo como un mantra. El pasado. Se trata de comprenderlo, interpretarlo y luego, ya sí, explicarlo. El pasado es un lugar que no existe, que parece un país siempre extranjero, cuando lleguéis a él estad bien atentos, a veces ocurren cosas. En el pasado ocurren cosas que son ya un poco lo que ahora somos. Todos.

Se trata de comprender el pasado y las causas de los acontecimientos, analizar estos últimos y aquello que lo produjo, pero, sin juzgar la historia, ejerciendo siempre la crítica para que la Historia sea, como dice el historiador Juan Granados, “útil a la sociedad y permita proponer alternativas de cambio y progreso social”.

Para los defensores de la cientificidad de la Historia, Enrique Moradiellos, por ejemplo, la Historia (la Historia en tanto que investigación científica) “quiere ser crítica y no dogmática”. El historiador español autor de varias monografías dedicadas al oficio del historiador explicita cuantas cosas quiere ser la Historia:

“Quiere ser verdadera y no ficticia o arbitraria; verificable materialmente y no incomprobable; causalista e inmanente al propio campo de las acciones humanas y no futo del azar de las fuerzas inefables e insondables; racionalista y no ajena a toda lógica; crítica y no dogmática”.

Sí, la Historia explica y entiende, proporciona sentido crítico y promueve la comprensión del pasado. 

Ya, me dirás, ¿Y para qué sirve realizar una visión crítica del pasado desde los conocimientos acumulados por los historiadores? Que conteste Granados, te contesto yo:

“Es vital para todos nosotros comprender que la pobreza, el hambre, el paro, la degradación del medio natural, el racismo y otros tantos males de nuestra época, no son realidades inevitables, tienen sus causas y razones, que debemos encontrar realizando una visión crítica del pasado.

Por eso, la tarea del historiador es esencial también para comprender el presente. Retomando a Pierre Vilar: “Comprender es imposible sin conocer. La Historia debe enseñarnos, en primer lugar, a leer un periódico’ [ya lo habíamos dicho, sí]. Es decir, a situar cosas detrás de las palabras.”

La Historia, la disciplina tal y como la entendemos, y aunque la palabra ya existiera y se hable de historiadores desde los tiempos de la Grecia de la Antigüedad (recuerda lector a Heródoto, a quien se tiene por padre de la Historia sin serlo, pero así le apodaría Cicerón, o a Tucídides, que en el siglo V a. C. creía que el pasado era una ayuda para interpretar el futuro), no nació hasta bien avanzado el siglo XVIII. Si bien es un siglo mayor la conciencia histórica, que podríamos definir con el historiador John Lukacs como “la tendencia generalizada a incardinar cada acontecimiento en un tiempo histórico conocido o reconocible que ha logrado impregnar de manera evidente la cultura de Occidente y aun la del resto del mundo de tal manera que no es extraño que lo habitual es que seamos capaces de, al menos intentar, entender todo en función de su lugar en la cronología del ser humano”. La creación de la conciencia histórica coincide en el tiempo, sólo en el tiempo, con el desarrollo de la mentalidad científica y su método: los años de la Revolución Científica, especialmente con la fase de ésta situada ya en el siglo XVII. 

Conciencia histórica no es lo mismo que conciencia del pasado, pues esta última sí que acompaña a las comunidades humanas desde la noche de sus tiempos: como recoge Moradiellos, “la conciencia y concepción del pasado comunitario del grupo constituye un elemento inevitable de sus instituciones, valores, ideas, ceremonias y relaciones con el medio físico y otros grupos humanos circundantes”, y esa necesidad, esa connotación de las sociedades humanas desde su más remota antigüedad, es la que hizo que naciera en el III milenio a. C., cuando con el surgimiento en Mesopotamia y en Egipto de las civilizaciones urbanas y ya literarias apareciera un “relato escrito donde se entretejían y combinaban los mitos legendarios, los actos e intervenciones divinas y los hechos seculares del pasado”.

Lukacs, para quien la Historia, en tanto que literatura, no puede ser comprendida sin conocer el gran género literario de los tres últimos siglos, la novela, esencial para moldear la conciencia histórica, llega a afirmar que “nuestra actual conciencia histórica ha sido uno de los hitos estelares de la Edad Europea”, que es el nombre por él acuñado al periodo de tiempo transcurrido entre 1500 y 1950. La novela, de la que el escritor Javier Cercas ha dicho que “es una forma de Historia virtual, y también una forma de exorcismo. Por eso no se puede vivir sin ella.” La Historia, de la que el pensador español Rafael Herrera Guillén ha escrito que “es la novela que cada presente escribe sobre el pasado, cuya verdad radica siempre en saberse ficción, pues la Historia es eso que late en nuestros labios cuando redactamos un hecho que no nos pertenece pero es nuestro. Historia es, por tanto, el modo en que los muertos hablan al futuro a través de la voz de los sentenciados”.

conciencia histórica Stoner de John WilliamsY hablando de novelas y de muertos que nos hablan, permíteme que te invite a leer un pasaje de Stoner, la magnífica novela de John Williams escrita en 1965:

“No tenía amigos, y por primera vez en su vida era consciente de su soledad. A veces, en su ático, por las noches, levantaba la vista del libro que estuviera leyendo y miraba la oscuridad de las esquinas de su cuarto, donde la lámpara parpadeaba contra las sombras. Si observaba larga e intensamente la oscuridad se convertía en una luz que adquiría la forma insustancial de lo que había estado leyendo. Y se sentía fuera del tiempo, como se había sentido aquel día en clase cuando Archer Sloane le había hablado. El pasado se aparecía desde la oscuridad en la que permanecía y los muertos volvían a la vida ante él, así el pasado y los muertos fluían hacia el presente entre los vivos, de manera que, por un instante, tenía una visión de densidad en la que se compactaba y de la que no podía escapar, de la que tampoco sentía ningún deseo de escapar. Tristán e Isolda la Justa desfilaban ante él; Paolo y Francesca giraban en la ardiente oscuridad; Helena y el deslumbrante Paris, con la amargura en sus rostros por las consecuencias de sus actos, surgían de la penumbra. Y estaba con ellos de un modo en el que nunca podía estar con sus compañeros que iban de clase en clase, con quienes compartía techo en una gran universidad en Columbia, Misuri, y que caminaban despreocupados al viento del Medio Oeste.”

Únase a más de 1100 personas que apoyan nuestro periódico

Podrás comentar, enviar sugerencias y además podrás acceder de forma gratuita a eBooks, póster y contenidos exclusivos de nuestros colaboradores.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.