Se cumplen treinta años del Premio Nobel a Camilo José Cela

Su obra, con Galicia al fondo, se sigue leyendo a pesar de la polémica y la controversia sobre su persona

La mañana del 19 de octubre de 1989 yo ocupaba mi mesa en la redacción de los Servicios Informativos de TVE en Torrespaña cuando el periodista Jesús Hermida atravesó corriendo la amplia sala de la redacción. Agitaba en una de sus manos un trozo de papel de teletipo y gritaba a voces “¡¡Le han dado el Nobel a Camilo!!”.

Camilo-José-Cela-TVE-1989 Se cumplen treinta años del Premio Nobel a Camilo José Cela
Camilo José Cela en Televisión Española, 1989

“¡¡Le acaban de dar el Premio Nobel a Cela!!”.

La euforia de Hermida estaba más que justificada. Aquel mismo día Camilo José Cela tenía que participar, como todos los jueves, en la tertulia del programa de televisión que diariamente presentaba y dirigía el periodista.

Muchos pensamos que Cela no acudiría a la cita, dada la repercusión de la noticia y el asedio al que estaría sometido aquel día. Sin embargo cumplió con su deber y fue fiel a su compromiso con el programa de su amigo Hermida.

Poco antes de las cuatro de la tarde lo vimos desembarcar del coche que lo trajo a Torrespaña entre una nube de fotógrafos, varias cámaras de TVE y algunas de otras televisiones extranjeras (hay que recordar que en aquellas fechas aún no había en España televisiones privadas).

La tertulia transcurrió con un único tema, el del premio, y a ella se sumó su hermano Jorge Cela Trulock, quien entonces trabajaba en los Servicios Informativos de TVE como corrector de estilo, un puesto hoy desgraciadamente desaparecido.

El Premio Nobel de Literatura a Camilo José Cela estuvo contaminado por la polémica desde el mismo momento en que se lo concedieron, no tanto –creo yo– por la calidad de su obra literaria como por la personalidad del escritor, su talante irascible y destemplado y a quien algunos han situado políticamente en connivencia con el franquismo o en sus aledaños (comenzó su carrera al lado de Juan Aparicio, director general de Prensa y censor durante los primeros años de la dictadura, aunque más tarde el escritor siguió los derroteros díscolos de los Ridruejo, Laín, Tovar y Torrente Ballester) y también a sus avatares personales (acababa de abandonar a su mujer para unirse a la joven periodista Marina Castaño).

Como consecuencia, su obra fue también objeto de polémica, elogiada por muchos y ciertamente denostada o minusvalorada por casi otros tantos.

Aún hoy, Cela sigue siendo una de las personalidades más controvertidas de la literatura española contemporánea a pesar del Nobel y de su pertenencia a la Academia Española de la Lengua, de la que ocupó el sillón “Q” desde 1957 hasta su muerte en 2002.

Una obra literaria con Galicia al fondo

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He de confesar que muchas novelas de Cela, entre ellas la primera, “Pascual Duarte”, y la última, “Madera de boj”, han sido de lo más gratificante en mi experiencia de lector. También he gozado con “San Camilo 1936”, “La colmena” y “Mazurca para dos muertos”.

He tenido ocasión de entrevistarlo en varias ocasiones (la última, poco antes de su muerte, con motivo de la reedición de “La rosa”, el primer tomo de sus memorias) y su trato conmigo fue siempre afable y cordial, sin que ello me exima de criticar su actitud con otros colegas.

Tengo la impresión de que esa imagen negativa de Cela se ha impuesto a su obra, perjudicando el conocimiento de una literatura que en su tiempo fue de las más creativas y vanguardistas (véase “Oficio de tinieblas 5” o “Cristo versus Arizona” y que mantiene vigentes algunos de sus mejores valores, por lo que, en mi opinión, el Nobel fue un galardón merecido.

Considerado por la crítica como uno de los mejores escritores de la literatura española contemporánea, en la obra de Camilo José Cela late también un fondo de galleguidad en los personajes, la temática y el estilo de algunas de sus novelas.

A Galicia dedicó una trilogía que comenzó con “La rosa” (1959), el primer tomo de sus memorias, que el escritor define como novela en el prólogo. Veinticinco años después publicó “Mazurca para dos muertos” y en 2000 “Madera de boj”, que fue su adiós a la literatura.

En “La rosa” Cela evoca los recuerdos de una infancia vivida en su paraíso perdido, Iria Flavia, un mundo en el que la única señal de la industrialización era el ferrocarril que pasaba diariamente por delante de la casa en la que había nacido, construida por el abuelo ferroviario para controlar desde allí el paso de los trenes, una casa que en 1983 destruyó un incendio en el que murió su tío Jorge Trulock. El escritor vuelve aquí a una infancia que vivió rodeado de criadas, cocineras, costureras, doncellas, niñeras y lavanderas, que se desvivían por atender al niño enfermizo, tímido, cabezón y muy trasto, sin apenas contacto con el mundo exterior, sorprendido al descubrir que había niños, triscadores y explosivos, que iban descalzos. Hay en “La rosa” un lamento por el paraíso perdido y también cierto pesar por no haber fijado con su tierra una relación más profunda.

En “Mazurca para dos muertos” Cela emplaza a los personajes de la novela en lo más profundo de una Galicia que vive los últimos estertores del mundo de Valle-Inclán. Unos personajes que son más auténticos cuanto más irreales, que viven con el son del eje del carro de bueyes, la gaita de Dios, que ronca espantando meigas y ánimas del purgatorio, que ahuyenta al lobo y alerta a la raposa y canta a grito herido subiendo por las corredoiras.

Una novela donde el clasicismo y la vanguardia, la tradición y la experimentación, se mezclan, se entrelazan y se contaminan, entretejiendo un relato en fragmentos en el que la guerra, que irrumpe para inaugurar una nueva violencia, no detiene la vida ni las costumbres de unas gentes que se rigen por la ley del territorio en el que se mueven, la ley del monte: parvos, putas, ladrones, ciegos, disminuidos… de nombres tan familiares que suenan exóticos (Policarpo el de la Bagañeira, Catuxa Bainte, Fuco Amieiros, Ceferino Burelo), sometidos a crueldades, a infortunios, a malas artes y abusos sin piedad. Se gobiernan por reglas no escritas, dictadas por la historia y por la superstición, que se han de cumplir para respetar la memoria y el pasado.

Cela vuelve a la Galicia en la que comenzó su andadura literaria para emplazar a los personajes de esta novela en lo más profundo de la geografía de Ourense, un territorio entre los límites de la provincia de Lugo y la raya de Portugal, un Ourense rural y premoderno. Los dota de una lengua rebosante de galleguismos y de giros locales y se proyecta entre ellos no sólo como narrador sino como uno más, Camilo el artillero, herido durante la guerra civil de un tiro en el pecho, a quien a veces acompaña su amigo Robín Lebozán, personaje también real.

Madera-de-boj-Cela-cubierta Se cumplen treinta años del Premio Nobel a Camilo José CelaLa última obra de Camilo José Cela con fondo galaico fue también su última novela publicada en vida. “Madera de boj” se le atascó durante años y sólo pudo terminarla con mucho esfuerzo y la determinación de hacer un alto en la vorágine por la que se vio abducido tras la concesión del Nobel. La había comenzado cinco años antes en Muxía, en la Costa da Morte, y para escribirla acumuló una ingente cantidad de documentación sobre los naufragios sucedidos en la comarca mientras asimilaba un léxico y un vocabulario propios de aquella geografía y estudiaba los dichos, las costumbres y las tradiciones de aquellas tierras.

Con todo eso Cela elaboró un lenguaje deslumbrante en el que introduce términos y giros del gallego, en la línea de Valle-Inclán, para contar una historia sin principio ni final, sin nudo y sin desenlace, sin personajes principales, en la que un coro de voces mezcla los recuerdos del pasado con hechos actuales, la realidad con el ensueño y la ficción, la mitología con la historia, en una estructura en la que el clasicismo y la vanguardia se dan también la mano.

Los protagonistas son los barcos que se han hundido en la Costa da Morte desde 1898, de los que Cela lleva un minucioso registro de nombres, modelos, circunstancias. Y también las creencias y las supersticiones, las meigas y las leyendas galaicas, los remedios caseros contra los males del cuerpo y del alma, los refranes y las coplas, la tradición, que el novelista relaciona con vivencias personales.

Francisco R. Pastoriza
Profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural Asignaturas: Información Cultural, Comunicación e Información Audiovisual y Fotografía informativa. Autor de "Qué es la fotografía" (Lunwerg), Periodismo Cultural (Síntesis. Madrid 2006), Cultura y TV. Una relación de conflicto (Gedisa. Barcelona, 2003) La mirada en el cristal. La información en TV (Fragua. Madrid, 2003) Perversiones televisivas (IORTV. Madrid, 1997). Investigación “La presencia de la cultura en los telediarios de la televisión pública de ámbito nacional durante el año 2006” (revista Sistema, enero 2008).

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