El ajedrez en la literatura argentina: Sabato y Borges

El ajedrez es misterioso, científico y lúdico. Es un arte «extremo» que nos enfrenta al destino, «la moira». Es vida o muerte. Jaque mate. Deporte, juego, ciencia o arte ha interesado a pintores y escritores y la literatura no ha estado exenta de su poder y de su hechizo. 

Borges junto a Sábato con un trasfondo ajedrezado
Borges junto a Sábato con un trasfondo ajedrezado

España recibió en el siglo diez, este extraño sortilegio de los árabes, que a su vez, recibieron el regalo desde la India o mas allá… 

Como hubo ajedrez en España, el tablero y sus figuras hieráticas viajaron a América. En el proceso de transculturización, el ajedrez, llegó a tierra americana, tocando Cuba, y donde parece se jugó la primer partida, en Bayano, en 1518. Más tarde, durante los primeros años de la colonia arribó a tierras australes, al puerto de Buenos Aires. 

Se sabe que en el siglo diecinueve, Juana Manuela Gorriti (1816-1892) es la primer mujer en hablar del ajedrez y tal vez jugarlo, más tarde en el siglo veinte, las escritoras Silvina y Victoria Ocampo lo considerarían un juego de interés.

El libertador José de San Martín (1778-1850) lo practicaba a discreción, en horas de ocio en su campamento. En cambio, José Mármol (1817-1871), el escritor de «Amalia», la primer novela romántica argentina, se entretenía jugándolo cuando estuvo preso en tiempos del dictador Rosas. El  jurista y autor de la Constitución argentina, Juan B. Alberdi (1819-1874) cita el ajedrez en sus trabajos, mientras que Domingo Faustino Sarmiento (1868-1874), presidente de los argentinos y escritor de la novela ensayo «Facundo», conoce el juego y lo menciona en varias oportunidades. Leopoldo Lugones (1874-1938), el poeta y pensador del Modernismo, creador de «La Guerra gaucha», involucra el ajedrez en poesías de «Lunario sentimental».

Durante el siglo veinte, Roberto Payró (1867-1928), en 1904, escribe una obra de teatro en alusión al ajedrez: «Sobre las ruinas», drama en cuatro actos.                     

Mirta Arlt, hija de Roberto Arlt (1900-1942), según me comentara, sabía que su padre observaba el ajedrez en sus «Aguafuertes», ya entonces, era un deporte popular en Argentina, con federación y asociaciones, se jugaba en los cafés: el Café de Lloveras, el Café de los Catalanes, y actualmente, todavía se pueden observar algunos aficionados jugando en el Café Tortoni.

El pensador Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), autor de «La cabeza de Goliat» y «Radiografía de la Pampa», integró la federación de su país (FADA) y escribió «Filosofía del Ajedrez», cuyo manuscrito fue salvado de las llamas, por acción de Jorge Luis Borges. 

Conocí a Abelardo Castillo (1935-2017) cuando publicaba su reconocida revista «El escarabajo de oro», era también aficionado al ajedrez y escribió sobre el tema. Rodolfo Walsh (1927-1977), autor de «Operación Masacre», era muy buen jugador, casi profesional. Julio Cortázar (1914-1984), aunque prefirió la «Rayuela», título de su célebre novela, aprendió el ajedrez en el barrio de Banfield, donde vivió en 1922, y envolvió a su personaje, la Maga, con varios adjetivos ajedrecísticos.

Si mal no recuerdo, Leopoldo Marechal (1900-1970), autor de «Adan Buenos Aires», a quien visitaba en su casa, tenía un ajedrez en su escritorio. El escritor de «Bomarzo», Manuel Mujica Láinez, valoraba el ajedrez como obra estética, por el sugestivo tablero blanco y negro y las 32 fichas: esculturas de caballos, alférez, torres, peones, con los majestuosos rey y reina.

El artista plástico Raúl Soldi, quien pintara la cúpula del Teatro Colón a pedido de Mujica Láinez, tiene obra dedicada al ajedrez. El esotérico artista Xul Solar, derrochó imaginación hacia el ajedrez, creando el «pan-ajedrez».   

Platiqué muchas veces con don Ernesto Sábato (1911-2011), fui en ocasiones a su casa de Santos Lugares donde doña Matilde, su esposa, me daba sabios consejos. Tomando café conversamos de cine, sobre el film «El séptimo sello» de Ingmar Bergman, y me preguntó si sabía jugar ajedrez y le dije que mi tío Amadeo, que era químico, me había enseñado pero siempre me ganaba. Sábato era físico y su mente científica debe haber sido atraída por el ajedrez. Don Ernesto no negaba su mundo científico pero la literatura lo había conquistado totalmente. Era un humanista. Tal vez, en su novela «Sobre Héroes y tumbas», subyace alguna estructura ajedrecística.

Hablando del film, de la escena del caballero y la muerte jugando la partida, le comenté que me angustiaba la idea del «Jaque Mate al rey», la sensación de acoso a la reina y la definición drástica que imponía el juego. Sábato se refirió al sentido alegórico del ajedrez, la tensión entre el blanco y el negro y cómo la partida puede convertirse en vida o muerte. Coincidíamos que la escena del film era mágica. 

Sábato estaba vinculado al cine porque el director León Klimovsky filmó su novela «El túnel», que había sido alabada por Albert Camus y publicada en diez idiomas. Nunca le pregunté si le había gustado el film, pero le interesaba el cine argentino y me alentaba para no dejar mi carrera de actriz. Su hijo Mario Sábato es reconocido cineasta.

Conversar con Don Ernesto, tan cálido, tan profundo en sus enfoques fue un privilegio en mi vida. La última visita a su casa fue cuando había terminado «Nunca más: informe final de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas», libro histórico de una época oscura argentina, un documento a la memoria nacional con el que Sábato cumplió una misión encomiable.

Había mucha tensión en la casa, pero todos tratamos de sobreponernos. Fui con un fotógrafo suizo que deseaba conocerlo y tomarle unas fotos. Nos mostró los cuadros que estaba pintando. Años después, nos vimos en New York, y cuando volví a Buenos Aires, lo reencontré en el Centro Cultural Borges, me abrazó con el mismo cariño de siempre.

Sábato le ganó la partida a la muerte porque sigue estando entre nosotros, se cumplen en el 2021, diez años de su fallecimiento.

Borges (1899-1986), también ganó la partida de ajedrez a la muerte, también con él conversaba sobre cine, me conocía y hasta me dijo que su madre doña Leonor era mi admiradora, fue un privilegio haber sido su alumna en la Universidad.

En sus clases apareció el ajedrez, que le había enseñado a jugar su padre; el ajedrez era parte de su mundo junto con los espejos, el laberinto y el tigre. Acaso, en alguno de sus viajes asociativos nos llevó a los orígenes del juego en la India.

Borges menciona el juego en poemas y cuentos como metáfora de la vida, no solo por el sentido de la jugada y el destino, la idea del tiempo y el final, sino por la misma configuración del juego, matemático e insólito a la vez. Incluso relaciona a las mujeres, (en esta cita a Estela Canto), con alguna figura ajedrecística.

«Sonríe como la Gioconda y se mueve como un caballito de ajedrez». 

Lo más notable es cómo vincula el ajedrez a la poesía, que es un lenguaje enigmático que teje palabras y conceptos en estrategias sorpresivas y a veces, definitivas. Nos confiesa:

«Ajedrez misterioso la poesía, cuyo tablero y cuyas piezas cambian como el sueño y sobre el cual me inclinaré después de haber muerto.»

Aún mas, Borges eleva el juego a rango divino, es el juego de Dios, que mueve las fichas de este mundo, así lo expresa en los sonetos dedicados al ajedrez.

Borges, en el último tercetos del segundo soneto, declara la misteriosa jugada a la que estamos expuestos, en infinitos tiempos, dejándonos con el interrogante:

«Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonía?

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