Recuerdos de mi madre: presos y corderos en el Camino de Santiago

Es Semana Santa en Safagón y desde bien temprano te despiertan los balidos de los corderos que van derechos al matadero en un camión con rejas parado ante el semáforo…

Siempre me pregunto por qué hemos venido a parar a esta esquina repleta de dióxido de carbono y de balidos de corderos, si hay muchas casas con huerto en Safagón, casas en venta por doquier alejadas de este fragor de civilización que te conmina a huir lo más lejos posible como maldiciéndote…, pero ellos han dejado el pueblo hartos de oxígeno para venir a vivir en un piso enano todo esquinas, y orgullosos de su hazaña, están contentos con lo que ven y con lo que oyen, incluido el jaleo de los frenazos ante el semáforo que contemplan como signo del progreso y, cómo no, les suenan a gloria los balidos de los corderos.

Hay una oscura revancha en este regocijarse a la vista de la dolorida carga, ya que ellos vienen de estirpe de pastores y han visto cómo el lobo les comía las mejores piezas; ahora, en el lado contrario, son ellos quienes las reciben de manos de sus amigos los cordereros, que entre todos forman una gran familia bíblica que culmina su viaje en el matadero.

Los cordereros de antes tenían unos brazos como jamones, eran rechonchos y duros como sus camiones, en los que debían defender la carga que trasportaban; ahora son chavalitos imberbes que conducen camiones el triple de grandes, largos hasta perderse de vista la cabina, con sólo apretar un botón. Pero los corderos lloran igual, de día y de noche.

Es temprano pero podrían pasar a cualquier hora, tal es la demanda por las fiestas pascuales. El Camino de Santiago hace ya rato que se anima con la llegada de peregrinos que a pie o a caballo rehúyen los soles abrasadores de estos días tormentosos. Aquí se vive muy cerca la muerte. Si no son los corderos, son los viejos que a diario la pían en los asilos y hospitales provinciales; también los jóvenes la espichan en la carretera, y el cáncer va por libre.

Pero no iba a hablar de la muerte, sólo del llanto de los corderos encerrados que se parece extrañamente al de los niños… “y al de aquella mujer con los dos niños”, añade mi madre al oírme hablar de los corderos a los que ella no llega a oír porque sus oídos ya no se lo permiten. “Aquella mujer con los dos niños”.

Plaza de San Marcos, León, a principios del Siglo veinte

Cuando estalló la guerra civil, mi madre tenía trece años y hubo un acontecimiento que ella presenció junto con otra mucha gente a la salida de misa un domingo y que no sé hasta qué punto la marcó o no, porque cuando uno se instala en el horror, es difícil decidir qué te marca fatalmente y qué te ayuda a vivir. Lo que sí está claro es que el episodio aún pervive en su memoria y los que lo protagonizaron también. No es cuestión de revivir viejas heridas pero a ella no se la dan con quesos.

Era a la salida de la iglesia un domingo, con todos los ánimos exaltados y todo el mundo aterrorizado sin atreverse ni a levantar la vista por el recién estallido de los odios entre vecinos. Una mujeruca toda vestida de negro, pañuelo en la cabeza con dos niños pequeños agarrados a sus faldas, se precipita a los pies de un hombre adusto y de gesto avinagrado, todo pana y boina de fieltro, pidiendo clemencia. El hombre, que hasta ese momento charlaba en un corrillo acompañado de otros como él, no sólo no la escucha sino que la empuja y, como si no la viera, la atropella al avanzar.

La mujer le abraza las piernas, se cuelga de sus rodillas, le besa los pies, le impide la marcha, quiere ser oída a toda costa, No le importa la gente o al revés: mejor que haya quien lo vea, es mucho lo que se juega con ese gesto y por eso ha llevado con ella a los dos niños, sus nietos, pues no es su vida lo que le implora al hombre sino la de su hijo al que se han llevado detenido en plena noche y que según noticias, se encuentra en San Marcos de León atado a una columna en la intemperie del claustro, esperando a ser fusilado. Su hijo, para colmo, es viudo, ella es el único sostén de los nietos pero no piensa que la pueden matar a ella también, todo lo puede por su hijo: “Devuélveme a mi hijo, devuélveme a mi hijo”.

A su hijo lo detuvieron con otros tres del pueblo, uno de ellos el maestro, pero a estos tres ya los han soltado, alguien intercedió por ellos, solo queda su hijo y la mujer agota todas las instancias, está exhausta, sólo puede esperar clemencia a la salida de la misa del domingo arrojándose a la desesperada a los pies de un alcalde a quien detesta, “un muerto de hambre tanto como ella, por eso no la quiso ni mirar, pero que esta vez cayó del lado de arriba”.

Era una viuda pobre como todas aquí que siempre iba vestida de negro y así seguirá siempre vestida de negro. Tiene la edad en que otras todavía paren, pero ella ya es abuela y parece que lo lleva en la cara. Su hijo, el padre de aquellos dos niños, también es viudo. Y no volverá a Villaverde. “Los otros tres sí volvieron, se ve que tenían arrimos, pero él, el pobrecico, se ve que no tuvo quien intercediera por él, y aunque los habían llevado a los cuatro juntos, sólo él no volvió”, resume mi madre.

La mujer no cede aunque es atropellada una y otra vez por el pedáneo, de quien se sospecha que salió el chivatazo, se entiende que con el cura ya habló, sin resultado. No cuesta trabajo imaginar su entrevista con el cura, y entre ambos pudo discurrir un diálogo parecido al que escribió Raúl J. Sender en Réquiem por un campesino español. Cada uno tiene sus razones y el que puede salvar al otro no quiere comprometer su posición. O ya ha desgastado su influencia para salvar a los mejor situados. Era una locura de sangre que se retroalimentaba de odios ancestrales y cainismo.

Una viuda vestida de negro, tan pobre como la  viuda pobre del evangelio a la que Cristo sí escuchó, aquí no hubo cristo que la escuchara y su hijo no regresó al pueblo nunca más.

Ahora, si visitas el claustro de San Marcos de León, te explican cómo aquello fue cárcel, cómo allí estuvieron encerrados y atados ilustres destacados como el escritor leonés Victoriano Cremer, pero a aquellos los soltaron. Antes había estado Quevedo, quien también salió. Este pobre de Villaverde de Arcayos no volvió más.

Y todavía faltaba algo para completar aquel verano de muerte: los nietos de la mujeruca eran niño y niña. El niño pereció ahogado poco después aquel mismo verano en las fauces del Cea. Por entonces, y aún en mi niñez, el río Cea se tragaba a mucha gente. Era como si quisiera participar en la orgía de sangre, y los devolvía blanquitos, robado el verano que llevaban siempre en la cara los jóvenes de allí. Los veíamos pálidos, expuestos en el local del Ayuntamiento y parecía mentira aquella blancura de sábana. Yo jugaba de niña con los tres nietos de este chico, este adulto prematuro precoz en todo padre joven y ya viudo al que pasaportaron de un tiro en San Marcos, pero nadie me había hablado nunca de él.

De los dos niños, la hija, la que quedó al ahogarse el niño al final del trágico verano, tiene unos ojos negros tristísimos, lánguidos, como ahora se pueden ver en razas que han sufrido mucho: migraciones forzadas, hambres, pérdidas terribles del tipo que sea… y es madre de tres varones con los que yo jugaba de niña en su casa y en la mía.

A lo mejor por esto Fidela, mi madre, nunca me lo había contado a pesar de saberse sus nombres con pelos y señales, por proteger mis juegos y el de esos niños que también necesitaban ser protegidos para que crecieran sin odio y jugaran libres. Total, tenían padre y madre, a qué recordar a su abuelo, si tan sólo era su abuelo aquel joven que no volvió y la mujeruca de negro que suplicó al foráneo aquel domingo a la salida de misa, su bisabuela,.

Todo queda ya muy lejos pero ahí está latiendo todavía en la memoria de mi madre que no olvida y que no me dejará olvidar mientras viva.

Y esto no me lo había contado nunca hasta ahora, creo que por preservarme.

Los corderos siguen llorando a su paso por Safagón encerrados en camiones que raramente paran, “esos no nos los traen a nosotros, esos los llevan y a nosotros nos venden unos grandes como burros que a saber de dónde los traen, no hay más que verles las patas”, dice la gente lista.

Los llevan a los restaurantes de lujo de Madrid, donde entienden de corderos lechales y lechones. Todo sea por poner a esta tierra de sabor en el mapa con su Camino de Santiago.

Si yo pusiera tienda con las patatas que guisa mi madre me haría rica en un verano, los peregrinos que llegan exhaustos nos las quitarían de las manos y lamerían la escudilla hasta dejarla brillante. Unas patatas con apenas carne, unos trocitos de falda que al fuego lento se convierten en un auténtico pastel de patatas. Cómo guisa, ciega y todo, sin apenas ingredientes, que sólo con el olor ya resucita a un muerto. Pero ello la sometería al estrés de tener que cocinar cada día el doble de raciones que el anterior y no estamos ya para eso ni ella ni yo. Por el contrario, sostenemos peleas muy vivas por quién ve más peregrinos llegar:

“Ahora vienen siete juntos. Y dos a caballo. Mira, mira, y allí por encima del Puente vienen muchos más”, decía ella cuando todavía veía algo. Y yo que no, que era gente corriente a caballo porque no traían atuendo de peregrinos ni la impedimenta que normalmente los acompaña. Y ella: “¿Pero no sabes que ahora tienen taxis que les llevan la carga? Ves todavía menos que yo  y estás tonta del todo”. Y yo que no, que conozco al de a caballo que el otro día lo metió en el atrio de San Lorenzo para hacerse fotos. Y ella: “lo que yo te diga: tonta del todo o poco te falta”. No se rinde nunca.

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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