Republicanos españoles en Argelia: de la muerte de Dickson al cautiverio de Gaskin (y 2)

Archibald Dickson, quien el 28 de marzo de 1939 desobedeció a sus jefes para llevar a casi 2700 refugiados republicanos a Argelia, murió seis meses después.

El capitán galés, que entonces tenía 47 años, perdió la vida en el mar del Norte, el día 19 de septiembre de 1939, cuando un torpedo alemán impactó en el Stanbrook, barco que seguía capitaneando.

Imagen del Stanbrook a principios del siglo XX. Fue hundido por un torpedo alemán el 19 de septiembre de 1939.

Hacía poco más de dos semanas que había empezado la II Guerra Mundial. Toda la tripulación del Stanbrook pereció junto a su capitán. Dickson, tres días después del final de la guerra civil de España, el 4 de abril, había publicado una carta en el diario británico Sunday Dispatch (hoy desaparecido). Allí explicó sus razones para desobedecer las órdenes recibidas cuando su barco estaba en el puerto de Alicante: “Debido al gran número de refugiados me encontré ante un dilema personal. Porque tenía instrucciones de no dejar embarcar a refugiados, excepto en casos de extrema necesidad. Sin embargo, al ver la condición en la que se encontraban opté por la perspectiva humanitaria y los acepté a bordo”.

Archibald Dickson (Cardiff, Gales, 1892 – Mar del Norte, 1939). Capitán del Stanbrook, buque carguero construido en 1909.

Aceptó todos los que pudo, hasta el punto de que el barco saldría después del puerto un poco escorado.

Diez minutos después de zarpar, de noche, el puerto fue bombardeado. Y el Stanbrook tuvo que maniobrar -en medio de la oscuridad- para evitar ser hundido por el crucero franquista Canarias que estaba cerca.

Entre los pasajeros apiñados en la cubierta estaba Antonio Gassó Fuentes, llamado Gaskin. Era uno de los refugiados que iba a sufrir el “turismo penitenciario” del que habló Eduardo de Guzmán, ambos citados en mi texto precedente. En dos años, y como varios miles de sus compañeros, Gassó sufrió internamientos y penas en campos de trabajo, cárceles y campos de castigo situados en la (entonces) Argelia francesa. Cuando podía, en condiciones muy duras, intentaba escribir un diario de aquel terrible cautiverio.

Cuarenta años después de su muerte, lo publicó su hija Laura Gassó García con el título de “Diario de Gaskin”. En la portada del libro, el contenido es descrito así: “Un piloto republicano en los campos de concentración norteafricanos, 1939-1943”.

La mención de ese diario en la exposición dedicada al 80 aniversario del exilio republicano español está en el texto del profesor Bernard Sicot que se ha incluido en el catálogo oficial. A una parte de ese capítulo, no a todo él, replica Laura Gassó por considerar que algunos párrafos de Sicot trivializan aquella tragedia colectiva. Sigue el texto de esa respuesta.

El exilio republicano en Argelia. réplica a Bernard Sicot

El Stanbrook fue bloqueado en el puerto de Orán durante más de un mes, en condiciones inhumanas para los refugiados republicanos españoles.

por Laura Gassó García

El Ministerio de Justicia ha editado un gran catálogo -con el título 1939. Exilio republicano español- para la exposición de igual nombre en el marco de la conmemoración del 80 aniversario del final de la guerra y masivo exilio de republicanos a Francia y otros países de Europa y América. El catálogo incluye 29 artículos sobre aquella diáspora. Entre ellos el titulado “El exilio republicano español de 1939 en Argelia” firmado por Bernard Sicot, quien cita textualmente extractos del diario de un refugiado, Antonio Gassó Fuentes, “Gaskin”, mi padre.

El Diario de Gaskin abarca desde febrero de 1941 hasta febrero de 1943, con algunas lagunas temporales. De esos veinticuatro meses pasa diez en prisiones y compañías disciplinarias, también denominadas “la Disciplina”, campos de castigo, campos de represión, campos de la muerte. Castigado por no haber cumplido –supuestamente- con la estricta disciplina de los campos militares donde estuvo retenido durante su cautiverio, simples nimiedades de incumplimientos de horarios u otras cuestiones sin importancia. En los disciplinarios se reducían a la mitad las raciones y los descansos. En su diario Gaskin da cuenta -sin excesiva acritud- de la cotidianidad en los campos de concentración, de trabajos forzados y de castigo, incluida la sucesión de muertes de algunos internos, las torturas y todo tipo de penalidades que sufrieron en aquellos campos del desierto. Bastante material para analizar. Muchas horas de trabajos forzados, de disciplina y algunas –pocas- de descanso.

Pero el señor Bernat Sicot, casualmente, selecciona algunos textos que corresponden a actividades lúdicas celebradas por los presos los domingos. Y las destaca en primer lugar endulzando y suavizando las durísimas condiciones de vida en los campos para después conceder que no todo eran fiestas. Djelfa no fue una excepción. Ningún campo de los dominios franceses en el Norte de África se libró de los horrores. También relata en el mencionado artículo unos supuestamente jugosos cobros en dinero por los trabajos forzados, sin matizar que precisamente ese día había recibido el acumulado de los retrasos de meses anteriores, siempre míseros y, en este caso, no cobrados cuando correspondía. Se trata, por parte del autor del artículo, de un uso poco riguroso y de una manipulación de la fuente para tergiversar la realidad vivida por los internos, primero exiliados, después cautivos en el norte de África. Y de esa manera la percepción del lector sobre la verdadera naturaleza de los campos franceses norteafricanos acaba siendo distorsionada.

A nadie se le escapa que un diario escrito en el momento, al instante, en el día a día de la estancia en los campos, presenta las limitaciones propias de las difíciles circunstancias en las cuales se redacta. ¡Claro que los domingos podía escribir con más tranquilidad y contar con más detalle los escasos momentos de asueto en ese cautiverio forzado! Simplemente disponía de más tiempo y, a veces, de mejores condiciones físicas y mentales para escribir. Tratar de comer y divertirse un poco durante el día de descanso es la más elemental estrategia de supervivencia de cualquier ser humano. No hay que olvidar, además, que la mayoría de los internos eran muy jóvenes y, a pesar de todo, vitales. Mi padre llegó a los campos antes de cumplir los veinte años. Estas circunstancias hacen que los domingos no sean representativos de las penurias diarias y no es serio, ni éticamente aceptable, elegir los textos de los festivos para concluir y difundir que las condiciones de internamiento y de trabajos forzados no eran tan duras como se podría pensar.

El señor Sicot podría haber seleccionado y analizado cualquiera de los múltiples días –casi todos- de penosos trabajos y crueles castigos, castigos que, en algunos casos, llegaron a causar la muerte de los penados.

Por ejemplo los días 25 y 26 de julio de 1942: “Martirio de Aguilar”. “Martirio de Costa”. O al día siguiente: “Martirio más acentuado de Costa y Aguilar”. Apenas tres líneas, pero esenciales porque relatan atrocidades. Cualquiera que se haya interesado en el tema del exilio y cautiverio republicano en el Norte de África sabe, y hay testigos escritos sobre la materia, que la expresión “martirio” fue usada por los internos para designar las palizas y torturas hasta el desvanecimiento o la muerte. O el día 14 de julio del mismo año: “El checo recibe una buena paliza. Observo, empujado por irresistible emoción, su martirio inhumano”. O simplemente podríamos repasar el diario en cualquier día a partir del 20 de mayo de 1942 y hasta octubre, cuando consigue salir de Foum Deflah, campo de represión -poco conocido- especialmente duro y maléfico. Destacable fue el 28 de septiembre de 1942, en el que Antonio Gassó cuenta la muerte de Kleinkoff en el “tombeau”. Días después de este asesinato… muere también Brenmann, su compañero de castigo. Estos son los hechos -muy graves- que hay que recordar y denunciar y dejar los anecdóticos en segundo plano.

Antonio Gassó, «Gaskin», durante su cautiverio en el desierto de Argelia.

Las penalidades que expone Gaskin en su diario son corroboradas por múltiples testimonios escritos de refugiados republicanos que malvivieron y sufrieron los campos norteafricanos. Animo a la lectura de los relatos en vida de Santiago, Lloris y Barrera (que recogen los de otros 34 internos), Jiménez Margalejo (especialmente en las páginas 157 a 174), Muñoz Congost (que recoge los de otros 11), Mercadal Begur (sobre Moreno, Pozas y otros martirios), Artís-Gener, Tondowsky (en Satloff), Bernabeu y Verdeguer (en Martínez López) y los registrados por Alted, Fernández Díaz y Vilanova (capítulo I.2 de Los Olvidados), por citar algunos (la investigadora Eliane Ortega dispone de una amplia base de datos de campos y testimonios). Desde diferentes sensibilidades políticas todos coinciden en la descripción del horror vivido en los campos.

Quizás si el señor Sicot hubiera tenido a bien contactar conmigo antes de escribir el artículo, habríamos aprovechado los dos la oportunidad para aclarar algunos aspectos y dudas sobre el contenido y sobre la adecuada interpretación del diario. Pero no lo hizo a pesar de disponer de mi correo electrónico. En su momento, me extrañó mucho. Ahora me duele. La voz y la piel de mi padre no están en las palabras de Sicot.

Nadie pretende equiparar sin más matizaciones los campos franceses de Vichy a los campos nazis de exterminio sistemático y muerte global planificada. Pero el hecho de que no sean idénticos no puede ocultar que en los primeros se violaron continuadamente los más elementales derechos humanos y que se sometió a los internos a sufrimientos insoportables hasta la muerte o, en el mejor de los casos, a palizas, torturas y castigos, practicados con un sadismo quirúrgico. “Tombeau”, “cuadrilátero”, “cola de caballo”, “de la balle” son algunas de las denominaciones de castigos de una crueldad intolerable que se practicaron, en mayor o menor medida, en casi todos los campos no familiares. Los internos fueron sometidos a condiciones de trabajo y de vida absolutamente inhumanas. Tenían el agua diaria racionada, escasez de alimentos, de higiene y de protección ante las inclemencias meteorológicas en un desierto que era un infierno de día y donde se sufría un frío intenso por las noches. A lo que hay que añadir el maltrato psicológico y las constantes humillaciones e insultos, sufridos sin posibilidad de recurso o de defensa. Eran luchadores antifascistas y fueron tratados como indeseables.

Duele el olvido de décadas pasadas y duelen en el alma determinados intentos actuales de endulzar el régimen de aquellos campos de Vichy, tan salvajes. Las y los descendientes de aquellos refugiados no olvidamos ni trivializamos aquella dura realidad. Los que pasaron por las prisiones y campos de concentración del desierto no se merecen el contenido de parte del artículo del señor Sicot y sería muy bien recibida una rectificación pública en honor a la verdad y la memoria digna.

  1. Laura Gassó es autora del Diario de Gaskin. Un piloto de la República en los campos de concentración norteafricanos. 1939-1943. Tavernes Blanques, 2014. Ed. L’Eixam edicions, S.L.

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